“30 HORAS”

ELENA ORTIZ LÓPEZ
ESTUDIANTE DE LA CARRERA DE COMUNICACIÓN DE LA UJAT. NOVENO SEMESTRE
No se oyen murmullos del otro lado del muro, a casi dos días, bajo una oscuridad eterna, extrañaba no escuchar el choque de latas de cerveza que anunciaban el festejo de un gran negocio; solo permanece el mugido eventual de una vaca que -desde que llegué- esperaba afuera de la casa, acompañado del canto de los grillos que no se callaban. El olor a orín que emanaba del sillón donde permanecí semi-acostado por más de 30 horas despertó mis fobias, aquel donde imploraba a Dios que todo fuera una pesadilla, esas que tienen los niños y se calman estando en los brazos de sus madres, sintiendo que no pasa nada.
En ese momento, quise ser un niño para correr a sus brazos con el afán de borrar aquel día lleno de desesperación, inseguridad y orgullo quebrantado que me intimidó al grado de que mis piernas temblaran y mis ojos se cristalizaran.
Aún recuerdo el sonido de un motor acelerado junto con un frenazo que provocaron que Arcadio, conocido como «El Negro» y trabajador más difícil que hayamos tenido, corriera a esconderse entre los rollos de tela que resguardaba la bodega. Y yo sin entender como una camioneta roja había entrado al taller, arruinando la tapicería recién terminada.
Aunque todo pasó en un segundo, el recuerdo permanece en mi mente como cámara lenta. Eran cerca de las 10:30 de la mañana, todos los trabajadores estaban presentes, pero entre ellos, tres hombres que bajaron con pistolas mientras otro se acercaba con el rostro cubierto y una mirada amenazante que apuntaba fijamente mi cabeza. Me paralicé pero en el fondo tenía la esperanza de que no me viera más, mientras desde la oficina mi madre gritaba angustiada.
Sus gritos hicieron que mi fuerza cayera más. Mi mandíbula temblaba y mis lágrimas cayeron mientras me dirigían, con la pistola fija a mi cabeza hacia la camioneta sin placas. Estaba con cuatro sujetos encapuchados, reían sin parar mientras lloraba sin saber a dónde iba.
No pasó un minuto, cuando el sujeto que estaba a mi lado sacó de una mochila una bolsa de tela que cubrió mi cabeza para no ver nada, mientras otro con cinta canela me amarró las manos.
Por más que trataba de ubicar el lugar o a donde me llevaban, no logré nada. La camioneta daba tantas vueltas sin encontrar obstáculo alguno que pudiera detenernos; bastó que pasaran cerca de 10 minutos para que los sujetos se
callaran y solo se escuchara la música de banda que tanto he aborrecido, era la primera vez que iba en un carro ajeno, escuchando música tan vulgar y sin alguien cercano a mi lado.
Esta vez no era mi madre a quien tantas veces llevé de un lugar a otro, todo por su miedo de aprender a manejar y por la falta de tiempo de mi padre para llevarla o el pretexto que él daba para estar en la tapicería dando órdenes a los trabajadores para recalcar su puesto como “Patrón”.
Tampoco era mi hermana, la consentida de mis padres, que llevaba a la preparatoria para que no caminara en el sol ni tomara transporte público porque la miraban feo; mucho menos era mi novia a quien cada fin de semana llevaba al cine, a fiestas y por qué no, también al motel para desesterarnos por un momento.
No era siquiera la “Tundra” aquella donde me sentía un Dios y con la cual creía que tenía todo. A mis 20 años tenía lo que tanto deseaba: casa, camioneta, ropa de marca, una novia sin compromiso y el futuro asegurado como el nuevo patrón de un negocio rentable aunque mi padre lo negara; quien podría no sentirse así teniendo todo sin nada a cambio. Sonaba bonito, es decir, la buena vida, la irresponsabilidad y los lujos, los cuales me costaron la libertad.
La camioneta se detuvo, la música está con bajo volumen y no veo nada. Escucho el abrir de las puertas mientras uno de ellos toma mis manos y cabeza y dice que baje.
-Tírate al piso y no hables a menos que yo lo diga-, dijo el sujeto. -Te arrastras hacia al frente rápidamente.
Estaba sobre tierra húmeda. Por un momento, pensé que era estiércol por el olor penetrante que retumbaba en mi cabeza, hasta que llegó la señal, una patada en un costado de la pierna bastó para que entendiera que era el momento de avanzar, aunque sentía como mi ropa se embarraba de lodo, no me quedó de otra, mis piernas aún temblaban pero no impidieron que avanzara lo más rápido que pude.
Encontré un obstáculo. Era alguien parado frente a mí quien me recibió con una patada en las costillas, tomó mi cabeza y empezó a presionar la bolsa para que no pasara oxígeno. Era obvio que quería asfixiarme, no sé si el miedo o la falta de aire fue lo que impidió que gritara. De manera lenta, mi mente se llenó de humo blanco. Los recuerdos se fueron diluyendo. La noción del tiempo y la situación se borraron, me quedé inconsciente no sé por cuanto tiempo.
Cuando desperté, estaba en una especie de sillón viejo, esos que sientes como la madera roza tu espalda y los resortes viejos se entierran como agujas en todo el cuerpo, pero no hay nada peor que ese olor a orín. Tengo estiércol embarrado en mi ropa, quiero pensar que fue eso porque había una vaca afuera de la casa. Solo había una, o al menos fue lo que logré percibir. No conozco de ganado pero distinguiría el sonido de otra.
No solo mis manos estaban sujetas, también mis pies. Llevé mis manos –con dificultad- hasta mis tobillos. Era cinta con diez mil vueltas para evitar romperlas con la misma fuerza de mis piernas, sin embargo, confieso que lo descubrí hasta que lo intenté.
Quise separar mis tobillos, tomé aire y levanté los pies con la fuerza que me quedaba. No logré nada, el dolor de las costillas y del muslo lo impidió. No me quedó más que darme por vencido. Cuando bajé los pies de nuevo al piso me di cuenta que no era un lugar cualquiera, el sonido de hueco llamó mi atención pero esperé unos minutos para volver a provocar ese eco peculiar. El miedo a ser descubierto en mi intento de soltarme, afinó el oído y cuidadosamente levanté mis pies.
Los dejé caer, era piso de madera. Entendí que no estaba en la ciudad, el mugido de la vaca, el lodo mezclado con estiércol, el piso de madera, la ausencia del sonido de carros y la falta de voces que no fueran ajenas a las de mis verdugos me hicieron pensar que estaba en una especie de rancho, o algo parecido a ello. Muy pero muy a lo lejos llegué a escuchar unos tambores con mucho ritmo, estoy seguro que era una batucada.
Las horas pasaron, tal vez solo eran minutos que para mí eran eternos. Presentía que estaba solo, no existía ruido cerca de mí, y aunque eso podía significar que estaba un poco más seguro, mi mente no lo veía así, la depresión empezó a sumergirme, olvidé la música lejana y solo pensé en muerte y en mi abuelo que ya no está conmigo. Él era como mi papá, siempre pendiente de mí, creí que era el momento para alcanzarlo.
Mientras las lágrimas escurrían por mis mejillas el sonido de unas llaves hicieron que parara, alguien había llegado hacerme compañía.
Era la misma voz de siempre, la que me dijo que bajara de la camioneta y me arrastrara por el lodo.
* Tranquilo, te noto algo nervioso, todo va a estar bien, tú y yo sabemos que tus padres te quieren mucho y no te van a dejar aquí, relájate, no te preocupes,- me decía mientras se acercaba a mí.
Esa frase de “tranquilo, no te preocupes” fue como una mentada, pero, permanecí en silencio. Es obvio que sus palabras no me causaban ningún consuelo, al contrario, inyectaban miedo. No hice ningún comentario al respecto. Lo que menos quería era tener mayor contacto con mis verdugos, sin embargo la falta de agua secó mi garganta, pareciera que tantas lágrimas agotaron el líquido de mi cuerpo.
-Quiero agua, tengo mucha sed,- le dije.
-Mmm, me hubieras dicho antes, pero que se te antoja- me preguntó con ese tono burlón.
-Tengo sed, solo quiero agua por favor.
-Si agua es lo que quieres, agua te daré.
Claramente escuché sus pasos, el rechinido de la madera lo delataba, la puerta aparentemente no estaba lejos, escuché cuando la cerró. Pasaron minutos para que regresara con un vaso de plástico lleno de agua.
-Siéntate-, me dijo. -No tenemos como para estarlo tirando.
Como pude me senté sobre el sillón, él se sentó a un costado, tomó mi quijada y me dijo:
-Abre la boca, tampoco creas que soy tu madre para dártela en tu mamilita- Mientras levantaba el vaso en mi boca y sin piedad dejaba caer el agua.
El agua estaba fría, en verdad muy fría, pero con un sabor muy peculiar, sabía perfectamente que no estaba para decir no la quiero.
-Tómale rápido. Cómo vas “papá”.
No logré tomar mucho, era más la que caía sobre mi ropa que la que entraba a mi boca.
-Está rica no, disculpa que no te diéramos un refresquito, pero no tenemos para más. El agua de pozo está buena y fría. No te preocupes, no pasa nada. Es de la más limpia que te puedes imaginar. Aparte el que tiene sed, lo que le den es bueno.
Mi postura de no decir nada más siguió, lo que menos quería era originar un problema más, sentía que mis horas estaban contadas. Ese pequeño diálogo
me llevó a percatarme de algo más, su voz no era tan gruesa, su forma de hablar era como la de un muchacho, estaba seguro que no rebasaba los 25 años.
Y si son unos inexpertos empecé a preguntarme, pero rápidamente me contestaba en mi mente.
- No lo son. No cualquiera entra así a plena luz del día y mucho menos con armas apuntándole a cuanta persona tuvieran a su paso. No vi que le temblaran las manos, es más este olor a orín. Que iluso soy, no soy el primero que ha estado aquí. ¿Cuántas personas habrán estado aquí? ¿Cuánta sangre habrá corrido por este lugar? Dios ayúdame a entender que he hecho para estar aquí.
Mi fe en Dios se hizo presente; Aunque mis padres ya no eran católicos sino adventistas, le rezaba a Dios, tal como aprendí cuando era un niño, cuando mis tíos me llevaban al catecismo y mi abuelo me invitaba a Tila para ver al “señor” mientras escuchábamos la mitad de la misa de las doce del día, porque eran más las horas que permanecíamos sentados en el camino.
No sé cuántos padres nuestros resé, solo sé que fueron muchos, los suficientes para olvidarme que no estaba solo, sino con alguien que en cualquier momento podría tomar un arma y matarme ahí mismo.
El sonido de un ventilador viejo andando y el cansancio hicieron que me quedara dormido, no supe en que momento fui recargándome de un lado de mi cuerpo hasta acostarme no sobre el sillón sino prácticamente sobre la madera, tampoco tengo idea si ya era de noche, para mí siempre lo fue, la oscuridad era lo único que tenía frente a mis ojos.
Cuánto tiempo dormí, tampoco lo sé, pero cuando desperté seguía acompañado, fue el ruido del choque de unas latas de cerveza y las carcajadas de los tipos lo que me despertó.
Sin embargo prefería no moverme, solo quería escuchar, el lugar se había vuelto en una cantina, el olor a cerveza, el choque de las latas y las rizas ensordecedoras, acciones típicas de todo borracho. ¿Diálogo? No, no había, solo reían, creo que jugaban cartas, o algo hacían donde ganaban.
-Te gané “puto”, paga. Fue lo único que escuché aparte de las carcajadas de los acompañantes.
-Quiero ir al baño, dije en tono un poco fuerte, pensaba que ante su festejo no me iban a escuchar. Nadie me contestó, sin embargo uno de ellos se paró, se dirigió a
mí, quitó la cinta de mis pies y me tomó del brazo, -párate- fue lo único que me dijo. Caminé lentamente hasta que el me detuvo, desabrochó mi pantalón y bajó mi ropa interior, en ningún momento me quitó la cinta de las manos. No lo niego, fue lo más humillante, pero no tenía otra opción, cuando terminé hizo lo mismo, me subió la ropa y me llevó al sillón. Esta vez se quedó sentado a mi lado.
-Ahorita vas hablar con tu mamá y le vas a decir que estás bien, que no pasa nada, que estén tranquilos y que no llamen a la policía, solo es cuestión que cooperen, me dijo mientras ponía un celular en mi oreja. Era obvio, en lo que fui al baño, otro de ellos ya se había comunicado.
-Mamá estoy bien, le dije con voz temblorosa, no te preocupes, por favor no llames a la policía, te amo, sabes que te amo,- le decía a mi madre mientras ella lloraba y decía que me sacaría de ahí. No pude decirle más nada, alejaron el teléfono y hablaron con ella.
-Si llaman a la policía, les mandaremos un dedo- le dijo uno de ellos, mientras otro pasaba una navaja por mis dedos y después lo hacía en mi cuello. Fue el peor momento de todos, ya no imploré a Dios, ya no pensé en más nada que no fuera la muerte.
-Ya sabes lo que tienes que hacer, si todo sale bien, tu hijo estará de vuelta en su casita lo más pronto posible, eso fue lo último que escuché.
El pánico invadió a mi mamá, quien de rodillas pedía a mi padre que hiciera lo que fuera para llevarme de vuelta. Él, solo pensaba en hablar a la policía, no sé si creía que en verdad era la solución para que yo estuviera de vuelta o una forma de evadir el pago del rescate.
-Al diablo la policía, no escuchaste, si hablas matarán a mi hijo- sollozaba mi pobre madre, mientras el, con un semblante duro, el mismo que tuvo hace seis meses cuando su padre murió, y ni una lagrima rodó por su mejilla, permaneció callado.
La sed seguía estando presente, esta vez no me dieron agua, sino cerveza, la misma que ellos bebían mientras jugaban cartas.
-¿Tienes hambre?, me preguntaron, el miedo había espantado mi apetito.
-No quiero nada, respondí con una voz tenue, sabía que mis horas estaban contadas, lo cual hacía sentirme más nervioso de cuando llegué. Ellos lo notaron, y siguieron cuestionándome.
- ¿Fumas?
-Si, a veces, cuando siento ansiedad-
En ese momento desataron mis manos, solo las manos, puesto que mi cabeza seguía cubierta con la bolsa de tela y mis pies los volvieron amarrar, era como un equilibrio por tener libres las muñecas.
Pusieron un cigarrillo prendido entre mis dedos, no era uno cualquiera, ni siquiera era tabaco, al contrario era mota. Mi nerviosismo estaba acabando con mi vida, fue la única forma de calmarme un poco; era la primera vez que fumaba droga, ni en mis tiempos de mayor rebeldía me pasó por la cabeza hacerlo.
Pocos minutos pasaron para que el pequeño cigarrillo se acabara, lo admito estaba más relajado, al grado que mi mente estaba en blanco, me sentí como cuando duermes pero con los ojos abiertos, e ignoras sonido que haya a tu alrededor, la droga estaba haciendo efecto.
Así permanecí por mucho rato, cuando me di cuenta ya era nuevamente de noche, digo que había anochecido por el canto de los grillos, y el ausentismo del mugido de la vaca que custodiaba la casa donde estaba.
Mis verdugos ahí seguían, tomando cerveza y riendo entre ellos; escuchar lo que decían ya no me importaba, es más mi esperanza en Dios se había apagado, los rosarios y las lágrimas se acabaron, solo la idea que moriría era lo que permanecía vivo en mí.
Pasaron muchas horas, sin que me moviera un solo centímetro, hasta que ellos lo hicieron, con las manos atadas y los tobillos libres, me tomaron del brazo, dijeron que caminara y que no hiciera ruido alguno, sabía que era el momento de mi muerte.
Volví a pasar por el mismo camino, lleno de lodo y pasto, esta vez no fue de rodillas sino caminando, el canto de los grillos era más intenso, el zumbido de mosquitos rondaba por mis oídos, quizás se sentían atraídos por el negro de la bolsa que seguía cubriendo mi rostro. De nuevo subí a un carro, ya no era el mismo, este era más bajito, no tuve que levantar tanto mis piernas para subirme como aquel día.
Dos sujetos me custodiaban en la parte de atrás, mientras que otros dos iban en la parte de adelante, yo estaba justo detrás del chofer; el silencio estaba presente, ya no había música de banda, pareciera que empezaba mi luto; después de muchos minutos, uno de ellos tomó un papel y lo metió en mi bolsillo, era la nota de mi muerte, ya lo sabía.
Cuando ya me encontraba resignado, el carro de detuvo, -bájate- me dijo, abrieron la puerta donde yo iba y tomándome del brazo me bajaron. -Camina y arrodíllate,- fueron las frases que confirmaban mi muerte, mis piernas de nuevo temblaron, más que el primer día cuando me llevaron.
Arrodillado sobre el monte, conté hasta diez, llegué al veinte, mientras el sonido de un carro acelerado se alejaba, por miedo seguí contando, cuando me sentí seguro, dejé de hacerlo.
Como pude con las manos levanté un poco la bolsa que me cubría, para que con los dientes rompiera la cinta que ataba mis manos, de nuevo cobré fuerzas. Una vez las manos libres me destapé el rostro, no tenía la menor idea de donde estaba, rápidamente metí mi mano en el bolsillo, ciertamente había un papel, no era la nota de mi muerte sino $20 pesos para pagar un taxi que me llevara a mi casa.
Mi ropa estaba sucia, mi camisa desfajada, ningún taxi me llevaría pensé, así que como pude me sacudí y caminé en la oscuridad, ningún carro pasaba, solo sabía que estaba a la orilla de un río, muy a lo lejos veía las luces prendidas de una casa, así que me dirigí hasta ella, cuando estaba a unos cuantos pasos de llegar a la puerta , los faros de un carro alumbraron detrás de mí, era un taxi que traía ya pasajeros, pasó a mi lado como si nada, sin embargo unos metros más adelante se detuvo, era mi salida, corrí corrí hasta que lo alcancé, sin preguntarle nada me subí y le di la dirección a la que me llevaría, de nuevo respiré tranquilamente.
Cuando miré la pantalla del estéreo que llevaba encendido vi que eran las 9:06 pm, habían pasado más de 30 horas para que volviera a ser libre. Cuando llegué a mi casa todo estaba cerrado, no había ningún carro afuera, toqué el timbre y vi como mi hermana se asomó por la ventana, en cuestión de segundos ya estaba mi madre dándome el abrazo más fuerte que alguna vez alguien me hayan dado, mismo al que se sumó mi padre y mis hermanos, de nuevo creí en Dios, por algo estaba libre.
No me preguntaron nada, hasta el día de hoy en un tema intocable, ¿Cuánto fue el rescate? No lo sé, nunca he preguntado, me basta con saber que ya no tenemos carros, ya no está la “Tundra ni el Jetta” con eso me queda claro que ahora estoy  en deuda.