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Flor, la niña venida de lejos

Flor, la niña venida de lejos

POR: ANIESBEYDI ALVARADO COSTUMBRE ESTUDIANTE DE COMUNICACIÓN DE LA UJAT,  9 SEMESTRE
AVANCE
Flor pudo haber sido como cualquier niña de 13 años, estudiando, jugando, ayudando en las labores del hogar, conviviendo con amigos en sus primeras fiestas, pero el destino le guardó un futuro diferente, a su tierna edad,  le tocó vivir las penurias y pruebas más duras a las que se puede enfrentar una mujer centroamericana, el destino le trazo su camino como una migrante más que sale de su hogar en busca del sueño americano.
Inició su viaje junto con su tío y su padrastro Ariel, salió una mañana desde su tan amado municipio “El Triunfo” en la República del Salvador, cruzó la frontera con México  vestida con un humilde uniforme escolar, blanco con azul, para despistar a las autoridades migratorias, treta que le funcionó a la perfección, pues en el trayecto paso desapercibida, mientras que a su padrastro y demás acompañantes fueron retenidos por las autoridades. Antes de separarse, en un último intento de ayudarle, Ariel le aventó su cartera con todo el efectivo que tenía antes de que la migra lo detuviera, con la esperanza de que  le pudiera ser de ayuda. Flor Esmeralda Quintanilla, a su corta edad decidió enfrentar los miedos y temores que la acechaban, decidió seguir el camino; su meta, era llegar a los Estados Unidos, donde se encontraba su madre y su hermana mayor, aún con todo el dolor que le costó dejar su hogar en su natal el Salvador y dejar atrás a su abuelita, a su hermana menor y a su novio del que hablaba poco, Flor decidió continuar, hasta donde le fuera posible, pues sus sueños eran más grandes que sus miedos, ella solo iba tras la idea de una promesa.
Sola en su recorrido, en el autobús, mucha gente pasó desapercibida su presencia, de piel clara, delgada, con su cabello largo, lacio y abundante, con una mirada expresiva, penetrante a través de sus ojos color avellana, labios tan pálidos como un papel y su sonrisa discreta escondía un alma sencilla y transparente. Era tan diferente al estereotipo de la mujer centroamericana, que quizá la convirtió en una extranjera en su propia tierra.
La conocí un viernes de julio del 2011, fue una sorpresa inesperada, el encontrar a una niña de esa edad sola sin conocer a nadie, pero si a la maldad que existe en el mundo. su carácter sencillo, su vulnerabilidad pero a la vez su fuerza que le permitía seguir adelante me cautivó por completo más que su  trágica historia, no dude ni un segundo en ofrecer mi ayuda al escuchar a un amigo hablar de ella, de lo que le había sucedido y de cómo es que había venido de tan lejos.
Él no podía ayudarla, no estaba en sus manos, pero no sé  si fue por el simple hecho de ser mujer que me hizo sentir una gran simpatía sin conocerla si quiera, se había ganado mi confianza, el saberla desamparada no me dejaba la conciencia tranquila, quería ofrecerle mi casa, allí podría pasar unos días en lo que su padrastro volvía por ella, no había ningún inconveniente mi familia siempre está dispuesta a ayudar y más si se trataba de un caso como este.
Así que le dije a mi amigo, anda ve por ella quiero conocerla, se y estoy segura que en casa será bien recibida, al pasar los minutos me encontraba ansiosa, quería estar ya frente a ella, y cuando por fin llegó el momento, el verla a los ojos me transmitió una paz que no sentía desde hace mucho tiempo, nos reunimos en una plaza comercial, nos presentaron, ella extendió su mano, creo que yo estaba más nerviosa que ella, me dijo soy Flor sonriendo un poco sin exagerar, estábamos en el cine y recuerdo que le dije: llevo días queriendo ver esta película, ella respondió ¿Por qué no la vemos? Le conteste apenada no tengo dinero será otro día, al cabo la película ahí seguirá, recuerdo muy bien escucharla decir: Vamos vos, yo invito no seas penosa, mira que la ayuda que me vas dar, no me la da cualquiera y menos sin conocerme, por supuesto que no quería aceptar, por obvias razones, ella necesitaría el dinero para cuando le tocara partir hacia su destino, el hambre y sed es dura, más para quien tiene mucho camino que recorrer.
En esta vida he conocido a gente muy terca y a Flor, no me dejó rechazar la invitación, entramos al cine, durante la hora y media que duró la película, mis pensamientos estaban invadidos de incógnitas, ¿Cómo había llegado hasta acá? ¿Qué estaría sintiendo al estar tan lejos de su familia? ¿Tendría miedo? ¿Era la primera vez que lo hacía?, la observaba perpleja imaginando sus posibles respuestas, sabía que al terminar el día  ya sabría parte de su vida, mientras ella veía atenta la pantalla del cine, yo la observaba detenidamente, no hubo película de acción con estrellas de Hollywood durante esa hora y media, no existió una sala abarrotada de gente comiendo palomitas, nachos, hotdogs ni tomando refrescos, no existió nada comercial durante ese momento, solo era yo, viendo a Flor quien estaba perpleja frente a las imágenes y solo pude observar sus grandes ojos iluminados por la claridad de la proyección.
Entre todas las cosas que pensé, decidí que si íbamos a viajar a mi casa la forma más segura seria hacerlo en taxi, ya que en los camiones suele subirse la migra, no tenía miedo por mí, al fin y al cabo ya habíamos quedado en que si eso sucedía haríamos de cuenta que no nos conocíamos, que nunca nos habíamos visto. Salimos antes de que la función terminara, nos dirigimos a la central de taxis. Durante los 45 minutos que el taxi se hace hacia mi casa, no dijimos ninguna palabra, no queríamos que su acento la delatara. Nos subimos juntas en el taxi, y algunos de los ocupantes quizá nos observaron, pero no dijeron nada, cada mirada que sentíamos sobre nosotras la sentíamos una mirada de descubrimiento, de incriminación y de castigo, pero todo quedó solo en nuestros temores, nadie dijo nada, sin embargo los nervios y el miedo que teníamos las dos era muy grande, al fin y al cabo, ella solo era una niña y yo una joven, la vida aún nos guardaba muchos secretos y sorpresas.
Al llegar a casa, mi padre se encontraba lavando el patio, aún recuerdo ese día, estaba sin camisa, descalzo y con el pantalón enrollado para evitar mojarlo, al ver a Flor no tuvo ningún gesto de admiración, ya que creyó que era una compañera de la Universidad, saludamos, abrace a mi papá y el me dio un beso en la mejilla, solo dije ella es Flor, extendió su mano para saludar y entramos a la casa y le dije: bueno, bienvenida esta es tu casa cualquier cosa que necesites con confianza podrás quedarte el tiempo que desees, ella sólo preguntó: ¿tu papá te quiere mucho verdad? Sonreí y conteste: si y yo a él.
Fue a instalarse en mi recámara le dije que podía tomarse un baño, le mostré cada rincón de la casa y mientras ella se bañaba salí y hable con mi padre, platicamos cosas de la escuela, de cómo me había ido en el día, hasta que sentí que era necesario platicarle de Flor, sintió en ese momento  querer evadir el tema, no porque no le importase, solo lo evadió con la mirada, sin mirar a un punto específico, solo se dedicó a  escuchar la historia vio quizá reflejado en ella como si le hubiera sucedido a su hija, a su princesa, sus ojos se llenaron de lágrimas, me abrazo y me dijo: que bueno que la has traído, saber qué cosas ha pasado esa niña, porque es solo eso una niña, a la que la vida la ha hecho madurar antes de tiempo, como el hombre a las frutas.
Salió de bañarse y nos sentamos a ver televisión mientras cenábamos, comentamos una que otra cosa sobre la novela que estaba pasando, decidimos salir a la calle, pues ella necesitaba comprar algunas cosas, no sabía si habría un momento adecuado para preguntarle sobre su vida, o si debía esperar a que ella me contara, mientras conversábamos cosas comunes sobre el clima, vimos un pequeño local de celulares y me dijo que hace unos días había comprado un celular y necesitaba comprar una ficha para hablarle a su mamá, así lo hicimos entramos a la tienda y ella pidió la ficha, la cajera la miraba con curiosidad aunque su aspecto era como el de cualquier niña, su manera de hablarla evidenciaba.
Nos dirigíamos a casa mientras  llamaba a la casa de su madre en los Estados Unidos…Aló mamá soy Flor, estoy bien no se preocupe ya estoy en casa de la muchacha que le platiqué, son muy buena gente, ¿quieres hablar con ella? Le preguntó a su madre y me pasó el celular, me puse un tanto nerviosa no sabía que decir, la señora que hablaba idéntico a Flor y que a pesar de tener varios años viviendo del otro lado no ha olvidado sus raíces, solo me dijo: hija, Dios te bendiga por ayudar a Florecita, no sabes cómo te lo agradezco, me tranquiliza el saber que esta con buenas personas, es muy noble y muy acomedida no te va a dar molestias. Y mientras colgaba el teléfono, no sé de donde, no sé de qué parte tan profunda de mi ser me sentí como una niña indefensa y solo quería que mis padres me abrazarán y no me soltarán, no me quería sentir sola, ni lejos de los que me aman, y en ese momento me di cuenta que quizá yo nunca podría tener el valor que tenía esta niña, como lo tuvo flor.
Llegamos a casa, entramos a mi recámara y la ayude a desempacar, sacó de su mochila una serie de objetos personales, cada uno con una historia diferente, recuerdo claramente el olor tan característico de su perfume Jovanco, un olor que hasta la fecha lo tengo tan grabado en mi mente.
Poco a poco iba sacando su ropa, la doblaba y la metía en el cajón, como si fuera a quedarse por mucho tiempo, cosa que a mí no me molestaba, su compañía era tan agradable que ya había dejado de verla como una desconocida, a pesar de que aún no habíamos compartido los secretos de nuestras vidas, tal parece que había leído cada uno de mis pensamientos y la incógnita que aun guardaba en mi cabeza del cómo había llegado hasta aquí.
Se quitó los zapatos,  tenía sus pies tan colorados de tanto caminar, me miró y como si fuera algo que tenía que salir de alguna manera de sus entrañas,  solo comenzó a hablar: me duelen los pies, caminamos tanto que ya no los siento, le pregunte ¿tú y quiénes? Mi tío, mi padrastro y algunos conocidos del Salvador, salimos en la madrugada hace unos días, un vecino nos llevó en su camioneta a las afueras, después de muchas horas de camino, nos bajó en un poblado, ya a las salidas de mi tierra, ahí alquilamos unas bestias, avanzamos sin descanso toda la tarde, a las pobres también les tocó sufrir, ¿qué culpa tienen ellas de que en mi pueblo no haya para comer? ¿Verdad? Pero pues a todos nos tocó cansarnos, ya en la tarde, vieras vos parecíamos monos entre el monte, caminamos toda la noche, a esas horas se avanza más, no había mucho tiempo para dormir, creo que era en lo que menos pensaba, no había tiempo para quejarse, menos cuando había que cuidarse de la migra.
Quienes más adelante nos agarraron, mi padrastro Ariel, corrió para un lado y yo para el otro, pero esos desdichados venían de a varios, y aunque soy rápida no bastó, algunos suertudos la libraron, apunta de jalones y gritos esos maestros nos metieron en una camioneta, nos llevaron a una cárcel, vos tú no sabes las cosas tan horribles que en esos lugares se ven, las guardias me registraron, me tocaron todita también por donde tú ya sabes, saquearon mi mochila, se robaron mis cosas no sabes que coraje me dio, pero ni modo no se puede hacer nada, ni modos que ponerme a cachimbiar, me pasaron a la celda, donde había puras cipotas todas tan chicas como yo, que estaban ahí por la misma razón, al entrar se me lanzaron como perras, me empujaban, tocaban, gritaban y hasta me insultaban, y yo sin siquiera haberles echo algo, ¡ja! Además eran lesbianas, había una cipota como de unos diez años besándose con una de quince, bien feas y cochinas esas mujeres, no dejaban de molestarme, quería tomar un baño y todas ahí observándome, hasta que llegó una y les dijo: a ver perras, se salen de aquí, déjenla bañarse en paz y si siguen chingando, me las voy a madrear a todas, y todas se salieron, fue algo extraño esa desconocida me había defendido, gracias a Dios sólo pase una noche ahí.
Al día siguiente, me entregaron a mi padrastro, nos dijeron claramente: regresen a Salvador, si los volvemos a agarrar no los vamos a soltar, apenas salimos de ahí, emprendimos de nuevo el camino rumbo a los Estados Unidos, tomamos el transporte y llegamos al pueblo más cercano, ahí comimos, compramos algunas cosas, solo las necesarias para el viaje y llamamos a nuestra gente, solo para avisar que estábamos bien.
Para movernos, lo hacíamos en bus, y durante las noches caminábamos, también nos tocó cruzar río y  montañas, no lo hacíamos solos, cada día, en cada pueblo, encontrábamos gente como nosotros, con sueños, ilusiones y unos cuantos colones en la bolsa, pero eso si  nunca nos dejamos vencer ni abandonamos a los nuestros en el camino. De hecho estoy segura de que Ariel vendrá por mí, no sé ni cómo llegara hasta acá, pero simplemente lose.
De ahí, el silencio inundó la habitación, yo la mire, tratándome de imaginar ¿qué es lo que la motivaba a realizar este viaje tan peligroso? No supe como formularle la pregunta, no encontraba las palabras, simplemente en mi cabeza no cabía la idea de dejar todo lo que tenía y emprender un viaje tan peligroso como lo hacía flor. Solo atine a perder mi mirada en el vacío de la pared rosada del cuartito donde ella acomodaba sus cosas. ¿Por qué?, solo salió esa palabra de mis labios, sin estar segura siquiera de realmente haberlas dicho, más como un murmullo pensé que ella no la había escuchado, pues flor se quedó callada, petrificada, con sus recuerdos saber dónde. Al poco tiempo ella comenzó a hablar, mientras sus dedos se entrelazaban.
Porque la cosa esta muy dura vos, entre los maras, las guerrillas y el hambre pues no hay para dónde ir, mi madre por eso se fue a vivir el sueño americano, está allá desde que yo estaba pequeñita y no la culpo, sé que como toda madre quiere darnos lo mejor, y digo darnos, porque tengo una hermanita en el Salvador y también a mi abuelita que es la que ve por nosotros, ella no quería que yo me viniera, me costó dejarla, pero tengo quien la cuide están mis tíos y sus bichos, extrañaré mucho las pupusas que mi abuela me cocinaba, nada como mi amado Salvador.
También deje a mi novio, él es del instituto en el que yo estudio, es un muchacho muy lindo de buen corazón, toda mi familia lo conoce, llevábamos ya dos años de novios, me costó dejarlo, al igual que a los pocos amigos que tenía, ya que en mi escuela las cipotas son muy malas, no me querían, incluso una vez me cachimbie en el instituto, porque me decían bastarda, ya que mi papá murió cuando era muy pequeña, aún así, llevo bien grabado el día de su entierro, íbamos por la calle caminado, los hombres, amigos y familiares iban cargando su ataúd, de pronto, escuche gritos, eran los maras robando a punta de pistola, todos nos agachamos al piso, a los cipotes nos escondieron detrás de un montasal, mientras a los varones los despojaban de sus cosas, a un mara no puedes decirle no, esos no se tientan el corazón, si ellos quieren te dan piso.
Cuando Flor dejó de hablar, me di cuenta que sus manos limpiaban las lágrimas de sus rostro, no es lo mismo escuchar esas cosas por televisión, que escucharlas de una persona que las ha vivido, a pesar de su fortaleza, los recuerdos aún le pesan.
Los días fueron pasando, la presencia de Flor cada día era más agradable, dejó de ser una extraña que venia del Salvador, cada día, era un aprendizaje nuevo tanto para ella como para la familia, mi madre antes de irse al trabajo preparaba a Flor, con posibles preguntas que le harían en caso de que sucediera lo peor, que ya montada en el bus, la migra se  subiera y la descubriera.
Todas las mañanas, le preguntaba: ¿Quién es el Presidente de México? ¿Quién es el Gobernador? Cántame el himno nacional, Flor sólo reía, se sonrojaba y decía hay es que no me acuerdo como se llama el maestro ese, ¿Felipe Calderón?  Cada que contestaba incorrectamente mi madre, tal cual niño de preescolar, la ponía hacer planas en el cuaderno y para cuando volvía del trabajo, ella ya debía saberse todo.
Durante su estancia, mi familia y yo  realizábamos una serie de hazañas , para hacer pasar a Flor aparentemente por una mexicana, que sólo vino de viaje a visitar a su familia, nos jugamos el pellejo, pero la historia de Flor bien valía la pena, como para que terminara de regreso  al Salvador, incluso no mediamos el peligro, falsificamos una credencial del COBATAB, la preparatoria donde yo estudie, ella sólo  presto su linda cara y nos encargamos de poner su fotografía sobre la mía, y se inmico, como si nunca hubiera estado ahí la presencia de alguien mas.
Y así, diariamente  Flor se instruía para su largo viaje, su padrastro no la abandonó tal y como ella lo predijo, llego dos semanas después por ella, pero tomaron la decisión de que el emprendería primero el viaje hacia la ciudad de Poza Rica donde tenemos familia por parte de mi padre, a la semana Flor se fue sola, pues el aspecto de Ariel  de chapín podía llamar la atención de la migra en cuestión de segundos , se le notaba incluso cerrando los ojos, era de baja estatura, tez muy morena, ojos oscuros como la noche, pero en los que se podía reflejar solo sinceridad, su acento denotaba claramente sus raíces guatemaltecas , parecía que llevaba un letrero en su frente con la palabra migrante.
El día en que Flor partió de Tabasco, la acompañe nuevamente a comprar cosas necesarias para el viaje, no muchas, esta vez decidió no cargar con todo, sabia claramente los riesgos que la perseguían, sabia que si tenia que correr no podría hacerlo si llevaba un gran bulto a cuestas. Fuimos a una zapatería donde compro unos tenis, los cambio por sus gastados zapatos, que parecían que no durarían una batalla más, la vi prepararse, como si fuera a la guerra, remendó sus pantalones y dentro de la bastilla, metió  una pequeña nota de papel, en la que llevaba grabado  números de teléfono y direcciones, después volvió a coser como si nada hubiera ocultado ahí.
Y así, fue el día y toda la tarde, preparándose para el largo viaje, mi padre la llevó a la central de autobuses con destino a Poza Rica, Veracruz, ella llevaba una mochila, tenis, pantalón de mezclilla, su credencial como cualquier estudiante y su playera del uniforme escolar, nos despedimos, cada una secando las lagrimas de su rostro, casi sin poder hablar nos abrazamos, nos dimos las gracias, cada una aprendió algo nuevo, incluso aprendí cosas de mi misma que ni siquiera sabia, le dije sonriendo: vos, que tengas un buen viaje, que llegues a tu destino sana y salva y cuando llegues a los Estados Unidos ahí te acuerdas de mi. Eso si no me regresan, me contesto Flor, ¿Y si así sucede? Pues vos, yo me devuelvo para acá como que me llamo Flor Quintanilla.
Esa fue la última vez que vi  a mi amiga salvadoreña, falleció en diciembre del año pasado, la vida le preparó un largo viaje para nunca mas volver, hoy se encuentra reunida junto a su padre, dejando a los suyos con un gran pesar, fue una buena hija, estudiante y una guerrera en la vida, en esta que no la dejó terminar, su destino eran los Estados Unidos, ahí no solo se encontraban su madre y su hermana mayor, ahí estaba su esperanza de vida, fue diagnosticada con leucemia en El Salvador, y por no haber los recursos fue que partió, la vida le arrebató la oportunidad de poder cumplir su misión: poder llegar con su madre, quien le prometió la curaría contra el cáncer.