Por Felipe Hernández/Avance

Este diciembre, millones de familias tendrán un árbol de Navidad en su sala, sin embargo, detrás del pino adornado con luces y esferas existe una historia larga, cambiante y sorprendente que cruza siglos, religiones y continentes. El árbol navideño nació como una tradición ligada a la naturaleza, al paso del tiempo y a la necesidad humana de encontrar esperanza en los momentos más oscuros del año.
Mucho antes de que existiera la Navidad, diversas culturas ya decoraban sus casas con plantas durante el solsticio de invierno, en el antiguo Egipto, por ejemplo, se llevaban ramas verdes al interior de los hogares como un tributo al dios Ra y como señal de vida en medio de los días fríos y las noches largas, pues el verde representaba continuidad y protección frente a la oscuridad.
En Europa del norte, los pueblos germánicos, celtas y vikingos también desarrollaron rituales en torno a los árboles perennes. Durante festividades como el Yule, adornaban abetos y robles con frutas, velas y símbolos naturales para asegurar el regreso del sol y la fertilidad de la tierra. Para estas culturas, el árbol era un eje sagrado que conectaba el cielo, la tierra y el mundo espiritual, por lo que decorarlo era una forma de renovar la esperanza.
Con la expansión del cristianismo, estas prácticas consideradas “paganas” no pudieron ser erradicadas, así que fueron adaptadas. Una leyenda atribuye a Bonifacio de Maguncia la sustitución de un roble venerado por un abeto, al que presentó como símbolo de la vida eterna y del amor de Dios. A partir de entonces, el árbol comenzó a integrarse a las celebraciones cristianas, especialmente en Alemania, donde se decoraba con manzanas, nueces y velas durante representaciones religiosas del nacimiento de Jesús.
Con el tiempo, los adornos evolucionaron, las manzanas, que representaban el pecado original, fueron sustituidas por esferas, debido a su descomposición. Las velas, inspiradas en relatos atribuidos a Martín Lutero, dieron paso a las luces eléctricas tras la invención de la bombilla, lo que permitió que el árbol se volviera más seguro y vistoso.
La tradición llegó a México a través de Europa, ya que durante el siglo XIX, familias inglesas y alemanas residentes en el país comenzaron a colocar árboles navideños en sus casas, aunque la costumbre aún era poco común. Fue durante el Segundo Imperio Mexicano cuando el árbol adquirió mayor visibilidad, gracias a Maximiliano de Habsburgo, quien decoró el Castillo de Chapultepec con un pino navideño al estilo europeo, esta imagen influyó en la aristocracia mexicana, que adoptó la tradición como símbolo de modernidad.
Tras la caída del Imperio, la costumbre perdió fuerza durante algunos años, pero fue retomada hacia finales del siglo XIX, cuando funcionarios y viajeros mexicanos regresaron de Europa y Estados Unidos con nuevas ideas festivas. A partir de entonces, el árbol de Navidad comenzó a popularizarse y a convivir con tradiciones profundamente arraigadas en México, como el nacimiento y las posadas.