Por David Morales/Avance

La pirotecnia en México es una práctica profundamente arraigada en la vida social y cultural del país. Su presencia atraviesa siglos, celebraciones religiosas, fiestas cívicas y rituales comunitarios, hasta convertirse en un elemento cotidiano del calendario festivo nacional. Mucho antes de que existiera la pólvora, el fuego ya ocupaba un lugar simbólico central entre los pueblos mesoamericanos, asociado a la renovación, la fertilidad y lo sagrado. Con la llegada de los españoles en el siglo XVI, ese simbolismo se fusionó con el conocimiento europeo de la pólvora y dio origen a una tradición pirotécnica propia de la Nueva España.
Durante la época colonial, los fuegos artificiales se volvieron parte esencial de procesiones, celebraciones religiosas, canonizaciones y actos oficiales. Crónicas de los siglos XVII y XVIII describen castillos, ruedas y artificios luminosos como parte del espectáculo público, elaborados por artesanos que transmitían su oficio de generación en generación. Con el paso del tiempo, y tras la Independencia, la pirotecnia dejó de ser exclusiva de grandes ceremonias y se integró también a conmemoraciones cívicas y celebraciones populares, como el aniversario del Grito de Independencia y las fiestas patronales de pueblos y barrios.
Ya en el siglo XX, la producción artesanal se consolidó en regiones específicas del país, particularmente en Tultepec, Estado de México, reconocido hasta hoy como uno de los principales centros pirotécnicos. Desde ahí se distribuyen artículos de todos los tamaños, desde estructuras monumentales hasta piezas pequeñas destinadas al uso doméstico. En ese contexto surgieron y se popularizaron los llamados juegos pirotécnicos menores, pensados para el entretenimiento familiar y el consumo masivo.
Dentro de esa categoría se encuentran las conocidas chispitas, cebollitas o ratoncitos, nombres que varían según la región pero que remiten a un mismo objeto. Se trata de pequeños artefactos pirotécnicos elaborados generalmente con papel de seda y una mínima carga de pólvora, diseñados para producir chispas, destellos breves y un sonido ligero al encenderse. Su tamaño reducido, bajo costo y facilidad de acceso los convirtieron, durante décadas, en uno de los primeros acercamientos de niñas y niños al fuego artificial.
En muchas familias mexicanas, especialmente durante las posadas, la Navidad y el Año Nuevo, estos objetos forman parte de la memoria colectiva. Encender un ratoncito en la banqueta o lanzar una cebollita al suelo se volvió un ritual informal que acompañaba la convivencia decembrina. A diferencia de los grandes castillos o toritos, las chispitas trasladaron la tradición pirotécnica del espacio público al ámbito doméstico, permitiendo una participación directa, aunque no exenta de riesgos.
Especialistas en protección civil y autoridades de salud han advertido que, pese a su apariencia inofensiva, estos artefactos pueden causar quemaduras y lesiones, sobre todo cuando son manipulados por menores sin supervisión. Esa tensión entre tradición y peligro ha generado, en años recientes, campañas de prevención y llamados a la regulación, sin que ello haya borrado su presencia del imaginario popular.
Las chispitas, cebollitas o ratoncitos no son solo un juego de temporada. Son la expresión mínima de una tradición centenaria que combina fuego, celebración y comunidad. Entender su origen permite verlas no únicamente como un pasatiempo infantil, sino como parte de la historia viva de la pirotecnia en México, una práctica que sigue iluminando las fiestas, al tiempo que plantea nuevos desafíos en materia de seguridad y conciencia social.