Patricia González/Desde el Cristal
La renuncia del fiscal de Chihuahua, César Jáuregui, no cierra la investigación sobre el caso de los integrantes de la CIA (por sus siglas en inglés) fallecidos en un accidente el pasado 19 de abril. Así lo considera la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo: “Ayer viene una renuncia y pues se tiene que seguir investigando. Tiene que seguir la investigación. No para con una renuncia. Tiene que seguirse investigando”.
El ahora exfiscal recibía órdenes de un superior, no actuaba con autonomía. Su renuncia es una táctica demasiado fácil para intentar detener las investigaciones sobre el caso y proteger a quien le ordenó integrar a los agentes extranjeros en supuestos operativos contra los cárteles de la droga.
Por más furibundos que reaccionen los panistas al defender a la gobernadora Maru Campos, tratando de justificar la intervención de los extranjeros en el combate contra las drogas, el asunto trasciende las cuestiones políticas a sabiendas de que se violó la Constitución política mexicana y la soberanía nacional. Hablar de la CIA en estos tiempos es no olvidar los golpes de Estado que orquestó contra gobiernos de izquierda en plena Guerra Fría en Latinoamérica: Guatemala en 1954, Brasil en 1964 y Chile en 1973. Y sabemos de las amenazas que pesan de Donald Trump contra Cuba, Brasil, Colombia y México y de las ganas que tiene de intervenir estos tres países como lo hizo a principios de año en Venezuela. Quienes no se subyuguen a sus caprichos como lo han hecho los gobiernos de Argentina, Ecuador y El Salvador, sufrirán las consecuencias.
Ya Colombia ha sufrido la agresión dirigida por el gobierno ecuatoriano que está envalentonado por el respaldo Daniel Novoa ha recibido por el actual ocupante de la Casa Blanca. Incluso el argentino Javier Milei arremetió contra el expresidente Andrés Manuel López Obrador, a quien llamó “ignorante” y tildó a su gobierno de “patético”. Los políticos argentinos afines al mileísmo tampoco ahorran sus críticas hacia la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.
Pero si volvemos a la CIA, no olvidemos que en 1961 intentó deponer el gobierno de Fidel Castro, financiando y entrenando a disidentes cubanos que participaron en la fallida invasión de Bahía de Cochinos. En Nicaragua la agencia estadounidense apoyó incondicionalmente a los “contras” que intentaron derrocar al gobierno sandinista en los años 80. Asimismo, la “Operación Cóndor”, manufactura gringa con la que se operó para reprimir y eliminar a opositores de izquierda a través de apoyo logístico y de inteligencia hacia las dictaduras militares de Argentina, Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia.
Creer que esta agencia está trabajando para destruir laboratorios clandestinos donde se fabrican estupefacientes en nuestro país es pecar de ingenuos. Ni la DEA ni la CIA están interesadas en combatir ese jugoso negocio que llena de dólares los bancos estadounidenses. A la DEA le interesa el monopolio del control en el tráfico de drogas, no solo hacia los Estados Unidos sino hacia otros países. Y la CIA tiene la misión de continuar sus operaciones que buscan extender el poderío estadounidense en los países no alineados con el régimen trumpista, el cual al ver frustrados sus deseos de apoderarse fácilmente del petróleo y los recursos naturales iraníes, desviará la atención hacia los “rebeldes” latinoamericanos.
EN LA MIRA
“En este caso, lo que nos importa es la defensa de la soberanía, de la Constitución y de la Ley de Seguridad Nacional”, y por eso es muy importante que se aclare, ha reiterado la presidenta Claudia Sheinbaum sobre los agentes de la CIA en Chihuahua. El oscuro historial de la agencia gringa contra los gobiernos progresistas no es poca cosa y se debe llegar hasta las últimas consecuencias si es que la gobernadora Maru Campos es responsable de esta afrenta contra nuestro país.
Es cierto que el tema no es fácil, porque Trump y el ala más dura de su gobierno pueden tomarlo como pretexto de “falta de colaboración”, o como sucede en el extremo que hay individuos y pequeños grupos en el país que aplauden la intervención. Pero la soberanía no es un pretexto, es un escudo necesario si queremos encaminar el país por un mejor futuro.