David Morales

La mañana del 19 de junio de 1867 fueron fusilados en el Cerro de las Campanas, en Querétaro, Maximiliano I de México, Miguel Miramón y Tomás Mejía. La ejecución puso fin al Segundo Imperio Mexicano y representó la victoria definitiva de la República encabezada por Benito Juárez tras años de guerra civil e intervención extranjera.

El acontecimiento fue el desenlace de uno de los periodos más complejos de la historia nacional. En 1862, aprovechando la crisis financiera mexicana tras la Guerra de Reforma, el emperador francés Napoleón III impulsó una intervención militar que buscaba establecer una monarquía afín a los intereses europeos en América. Como resultado de ese proyecto, el archiduque austriaco Maximiliano de Habsburgo aceptó la corona mexicana y llegó al país en 1864 para encabezar el llamado Segundo Imperio Mexicano.

Sin embargo, la resistencia republicana nunca desapareció. Según explica la historiadora Patricia Galeana en Benito Juárez. El juicio de la historia, el gobierno juarista mantuvo la legitimidad constitucional y continuó operando mientras recorría diversas regiones del país. Al mismo tiempo, los ejércitos republicanos sostuvieron una campaña militar que se fortaleció conforme Francia comenzó a retirar sus tropas debido a problemas políticos y económicos en Europa.

El historiador José C. Valadés señala en sus estudios sobre la Intervención Francesa que la retirada del apoyo militar francés dejó al Imperio en una situación prácticamente insostenible. A pesar de que varios consejeros recomendaron abandonar México, Maximiliano decidió permanecer y continuar la lucha junto a sus principales generales, Miguel Miramón y Tomás Mejía.

A principios de 1867, las fuerzas republicanas dirigidas por el general Mariano Escobedo sitiaron la ciudad de Querétaro. De acuerdo con documentos conservados por el Archivo General de la Nación y estudios del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, tras varias semanas de resistencia la plaza cayó el 15 de mayo de 1867. Maximiliano fue capturado junto con Miramón y Mejía, quienes posteriormente fueron sometidos a un consejo de guerra.

El juicio y la sentencia provocaron una intensa reacción internacional. Diversas personalidades, entre ellas el escritor francés Victor Hugo y el político italiano Giuseppe Garibaldi, solicitaron clemencia para Maximiliano. Sin embargo, el gobierno republicano consideró que la aplicación de la ley era necesaria para reafirmar la soberanía nacional después de años de intervención extranjera. Según la historiadora Patricia Galeana, la decisión también buscaba enviar un mensaje contundente a las potencias europeas sobre la determinación de México de defender su independencia.

Poco antes de ser ejecutado, Maximiliano pronunció palabras en las que manifestó su deseo de que su muerte contribuyera a la reconciliación del país. A las siete de la mañana del 19 de junio, él, Miramón y Mejía fueron fusilados en el Cerro de las Campanas. El episodio fue inmortalizado años después por el pintor Édouard Manet en una serie de obras que difundieron internacionalmente la noticia.

La ejecución marcó el triunfo definitivo de la República restaurada. Pocas semanas después, Benito Juárez regresó a la Ciudad de México y restableció plenamente el gobierno constitucional. Para el historiador Daniel Cosío Villegas, la derrota del Imperio consolidó el principio de soberanía nacional frente a las intervenciones extranjeras y fortaleció el proyecto republicano que definiría el rumbo político del país durante las siguientes décadas.