David Morales

Antes del Mundial de 2026, la selección de Corea del Sur era presentada como una de las candidatas asiáticas con mayores posibilidades de trascender en la justa. La experiencia de figuras consolidadas en el futbol europeo y una generación considerada entre las más talentosas de su historia reciente alimentaban las expectativas de una afición acostumbrada a competir regularmente en las fases finales. Sin embargo, la eliminación en la fase de grupos no solo significó un fracaso deportivo, sino el detonante de una crisis institucional que derivó en protestas, abucheos y cuestionamientos desde la propia presidencia del país.

Lejos de atribuirse únicamente a los resultados obtenidos en la cancha, el descontento de los aficionados tenía un origen previo. Desde mediados de 2024, el nombramiento de Hong Myung-bo como seleccionador nacional fue objeto de fuertes críticas por parte de la prensa, exjugadores y seguidores, quienes cuestionaban la transparencia del proceso encabezado por la Korea Football Association (KFA). Diversos reportes de la agencia Reuters señalaron que la designación generó investigaciones internas y acusaciones sobre presuntas irregularidades administrativas incluso antes del inicio de la Copa del Mundo.

La situación terminó por agravarse durante el torneo celebrado en México, Estados Unidos y Canadá. Corea del Sur no consiguió avanzar a la ronda de eliminación directa y quedó eliminada prematuramente, un resultado considerado insuficiente para una selección que llegaba con altas expectativas y con futbolistas de talla internacional como Son Heung-min.

La reacción en territorio surcoreano fue inmediata. De acuerdo con la agencia Reuters, el entonces presidente Lee Jae-myung calificó el desempeño como «desconcertante» y ordenó revisar la gestión de la KFA, particularmente el procedimiento mediante el cual fue contratado Hong Myung-bo. La intervención presidencial resultó inusual tratándose de un asunto deportivo y reflejó la magnitud que alcanzó la inconformidad social.

El ambiente de tensión quedó evidenciado desde el regreso de la delegación nacional. Según informó la cadena pública KBS World, la KFA canceló la tradicional ceremonia oficial de bienvenida, una práctica habitual tras la participación mundialista de la selección. La decisión buscó evitar confrontaciones con los aficionados, quienes ya habían convocado manifestaciones para expresar su inconformidad por el desempeño del equipo y la conducción de la federación.

La llegada de los futbolistas al Aeropuerto Internacional de Incheon estuvo rodeada de un importante dispositivo de seguridad. La agencia Yonhap News, principal agencia informativa del país, reportó la presencia de decenas de elementos policiales y personal de seguridad para contener posibles incidentes, mientras diversos grupos de aficionados portaban pancartas exigiendo cambios en la dirección del futbol surcoreano.

Entre los manifestantes podían escucharse consignas dirigidas principalmente contra Hong Myung-bo y la dirigencia de la KFA. Las críticas se centraban en las decisiones técnicas, la falta de resultados y el proceso mediante el cual el entrenador fue elegido, más que en los propios jugadores. Incluso, medios como Korea JoongAng Daily documentaron que buena parte de los seguidores responsabilizaban a la federación por la situación que atravesaba la selección.

Pese al ambiente hostil, la recepción hacia algunos futbolistas fue distinta. Yonhap documentó que, conforme avanzó el retorno de la plantilla, varios aficionados aprovecharon la oportunidad para expresar su respaldo a Son Heung-min y a otros integrantes del plantel, reconociendo su esfuerzo durante el torneo. Este contraste evidenció que el descontento se encontraba dirigido principalmente hacia las autoridades deportivas y el cuerpo técnico, más que hacia la totalidad de los jugadores.

Horas después de la eliminación, Hong Myung-bo presentó su renuncia como director técnico, aceptando públicamente la responsabilidad por el fracaso. Su salida marcó el inicio de un nuevo periodo de incertidumbre para el futbol surcoreano, que ahora enfrenta la necesidad de reconstruir no solo un proyecto deportivo, sino también la confianza de una afición profundamente decepcionada.

La crisis también volvió a colocar bajo escrutinio el funcionamiento de la Korea Football Association. Analistas deportivos y especialistas consultados por Reuters coincidieron en que el problema trasciende un mal resultado mundialista y refleja deficiencias estructurales en la gobernanza del futbol del país, particularmente en los mecanismos de toma de decisiones y transparencia institucional.

La historia de Corea del Sur en el Mundial de 2026 terminó así convertida en un caso donde el fracaso deportivo desembocó en una discusión nacional sobre la administración del deporte. Más allá de la eliminación en la cancha, el regreso de la selección puso de manifiesto que las expectativas de una nación futbolera pueden transformarse rápidamente en presión política cuando los resultados se combinan con una pérdida de confianza en sus instituciones.