Patricia González/Desde el Cristal

El presidente estadunidense Donald Trump vive en un mundo anacrónico, amenazado por el “comunismo”. Ese comunismo al que fue hace algunos meses a rogarle intercambio económico. Ese comunismo chino que no quiere que tenga tratos con ningún país latinoamericano. Pero el comunismo que el presidente estadounidense solo vive en su mente, en su demencia estacionada en la década de los cincuenta del siglo pasado. 

“No queremos el comunismo en nuestro país”, enfatizó el presidente Trump en su discurso en el 250 aniversario de la fundación estadounidense con ese inglés que arrastra la lengua como si limpiara el polvo del suelo que mantiene su paso vacilante. Él sólo quiere el común enriquecimiento de su familia, sus amigos y socios como Elon Musk, Jeff Bezos o su yerno Jared Kushner.  El “imperio de la libertad” trumpista es unipersonal, nada tienen que ver los ciudadanos que viven en el país del norte, ni siquiera quienes votaron por él y que creyeron en sus promesas de campaña. Los anticastristas, por supuesto, celebran las dicharacherías y no alcanzan a ver la amenaza que este personaje representa para Latinoamérica. 

En su discurso aseveró el presidente estadounidense que “El comunismo es un fracaso, y siempre lo será. El sistema comunista es lo opuesto al sistema estadounidense, y el sistema comunista nunca ha funcionado”, pero aún así mira con el rabillo del ojo el crecimiento de China y sobre todo cómo supera en muchas vertientes al país más poderoso del mundo. El argumento de Trump se cae y se contradice, el poder adquisitivo de los ciudadanos estadounidenses, por mencionar un solo aspecto, ha sido afectado gravemente con la implementación de los aranceles a otros países con los que se ha mantenido un intercambio económico y a los que le presidente ha atacado cada vez que se le vienen las ocurrencias. “Nos gusta detener una amenaza así de inmediato, antes de que empiece; es como un cáncer: hay que extirparlo, hay que extirparlo rápido”.

A un presidente cuya aceptación ciudadana oscila entre el 34 y 38% y que su mandato tiene un 60% de desaprobación no le queda más que adoptar un tono pendenciero para distraer la realidad que padece el pueblo estadounidense y al que se le derrumba el prestigio de ser una potencia armamentista perdiendo una guerra provocada por él mismo. Por esto es que al presidente Trump le llueven las críticas domésticas e internacionales, el hecho de hacer alarde atacando con su poderoso arsenal bélico a países que no representan peligro alguno, no demuestra más que la debilidad de un imperio mal manejado, del cual quizá se mofaría el mismísimo Maquiavelo.

EN LA MIRA

La impunidad sin tapujos ni medias tintas, el poder de aplastar a quien le pegue la gana y muchos otros aspectos negativos del presidente Donald Trump causan su rechazo dentro y fuera de su país, pero sin serias consecuencias. Su poder económico impera sobre las leyes del país más democrático y justo del mundo, ese país de igualdades con que fue fundada la nación del norte hace 250 años. El mundo hoy es un caos y está lleno de incertidumbre porque no sabe con qué humor se despertará el emperador más despótico, quizá después del mismísimo Calígula.