David Morales
El 8 de julio de 2008, durante la 32.ª reunión del Comité del Patrimonio Mundial celebrada en Quebec, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura inscribió en la Lista del Patrimonio Mundial a la Villa Protectora de San Miguel el Grande y el Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco, hoy conocidos como San Miguel de Allende y el Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco. Ese mismo año, la Reserva de la Biosfera que protege al Santuario de la Mariposa Monarca también recibió el reconocimiento como Patrimonio Mundial Natural, consolidando a México como uno de los países con mayor riqueza patrimonial reconocida internacionalmente.
La inscripción de San Miguel de Allende y Atotonilco respondió a su extraordinario valor histórico, arquitectónico y cultural. Fundada en 1542 con el nombre de San Miguel el Grande, la ciudad desempeñó un papel estratégico durante el Virreinato como punto de conexión entre las rutas comerciales que unían los centros mineros del Bajío con la capital de la Nueva España. De acuerdo con el expediente de nominación elaborado por la UNESCO y el Instituto Nacional de Antropología e Historia, su traza urbana conserva una notable combinación de arquitectura barroca y neoclásica que refleja el desarrollo económico y artístico de los siglos XVII y XVIII.
Además de su importancia arquitectónica, San Miguel de Allende ocupa un lugar destacado en la historia nacional. Fue escenario de acontecimientos decisivos del movimiento de Independencia, ya que en esta ciudad nació el capitán insurgente Ignacio Allende, uno de los principales organizadores de la conspiración que dio origen al levantamiento de 1810. En reconocimiento a esa aportación, la ciudad adoptó oficialmente el nombre de San Miguel de Allende en 1826. La Historia General de México, publicada por El Colegio de México, identifica a la antigua villa como uno de los espacios más representativos del proceso independentista.
El reconocimiento de la UNESCO incluyó también al Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco, construido a partir de 1740 por iniciativa del sacerdote Luis Felipe Neri de Alfaro. El templo es considerado una de las máximas expresiones del barroco novohispano. Sus muros y bóvedas están cubiertos por una vasta colección de pinturas murales realizadas por Miguel Antonio Martínez de Pocasangre, motivo por el cual suele ser conocido como la «Capilla Sixtina de México». Especialistas del INAH destacan que este conjunto constituye uno de los ciclos pictóricos religiosos más importantes de América Latina.
El expediente de la UNESCO subraya que ambos sitios representan un ejemplo excepcional del intercambio de valores culturales entre Europa y América durante el periodo colonial. Asimismo, reconoce que su conservación ha permitido mantener vivas tradiciones religiosas, artísticas y comunitarias que continúan siendo parte de la identidad del Bajío mexicano.
Ese mismo año, el Comité del Patrimonio Mundial también inscribió a la Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca como Patrimonio Mundial Natural. Localizada entre los estados de Michoacán y Estado de México, la reserva protege los principales bosques donde millones de mariposas monarca (Danaus plexippus) concluyen cada invierno una de las migraciones más largas del reino animal, recorriendo hasta cuatro mil kilómetros desde Canadá y Estados Unidos.
La UNESCO consideró que este fenómeno constituye uno de los espectáculos naturales más extraordinarios del planeta. Investigaciones de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas y de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad señalan que los bosques de oyamel de la reserva ofrecen las condiciones climáticas indispensables para la supervivencia de la especie durante el invierno, por lo que su conservación resulta fundamental para el equilibrio ecológico de Norteamérica.
Estos reconocimientos fortalecieron el prestigio internacional del patrimonio mexicano. De acuerdo con la UNESCO, México se mantiene entre los países con mayor número de bienes inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial, reflejo de su diversidad histórica, cultural y natural. Para especialistas del INAH, estas declaratorias no sólo representan un reconocimiento internacional, sino también un compromiso permanente con la investigación, conservación y protección de estos espacios frente a amenazas como el crecimiento urbano, el turismo no regulado y el cambio climático.