Durante décadas se creyó que estos escritos habían sido compuestos únicamente en griego. Sin embargo, el descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto en Qumrán modificó esa percepción.

David Morales/AVANCE

Antes de que existiera una sola Biblia compartida por todas las confesiones cristianas, las comunidades judías ya preservaban diversos escritos que buscaban fortalecer la fe, transmitir su historia y responder a los cambios políticos y culturales del mundo antiguo. Entre ellos se encontraban los libros que hoy se conocen como deuterocanónicos, una colección que, más de dos mil años después, continúa siendo objeto de debate y constituye una de las principales diferencias entre la Biblia católica y la mayoría de las ediciones protestantes.

De acuerdo con el historiador bíblico Lee Martin McDonald (2017), el término deuterocanónico proviene de las palabras griegas deúteros (segundo) y kanón (regla o canon), y fue popularizado en el siglo XVI por el teólogo Sixto de Siena para designar aquellos libros cuyo reconocimiento dentro de la Iglesia fue más gradual que el del resto de los escritos del Antiguo Testamento. La expresión no implica que sean de menor importancia o inspiración, sino que su aceptación universal ocurrió en una etapa posterior.

Los libros deuterocanónicos comprenden Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico o Sirácida, Baruc, Primero y Segundo de Macabeos, además de diversas secciones añadidas a Ester y Daniel, como la Oración de Azarías, el Cántico de los Tres Jóvenes, Susana y Bel y el Dragón. La mayoría fueron redactados entre los siglos III y I antes de Cristo, durante el denominado período del Segundo Templo, una época marcada por el dominio persa, la expansión del helenismo tras las conquistas de Alejandro Magno y, posteriormente, la rebelión de los Macabeos.

Durante décadas se creyó que estos escritos habían sido compuestos únicamente en griego. Sin embargo, el descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto en Qumrán modificó esa percepción. Según los estudios dirigidos por Emanuel Tov (2012) y Peter Flint y James VanderKam (2002), se localizaron fragmentos de Tobías y Sirácida en hebreo y arameo, demostrando que varios de estos libros también circularon en las lenguas tradicionales del judaísmo.

La diferencia entre las Biblias actuales tiene su origen en la transmisión de las Escrituras. Entre los siglos III y II antes de Cristo, los judíos establecidos en Alejandría, Egipto, tradujeron sus textos sagrados al griego en una obra conocida como la Septuaginta o Versión de los Setenta. Esta traducción no solo incorporó los libros presentes en el canon hebreo, sino también otros escritos ampliamente utilizados por las comunidades judías de la diáspora, entre ellos los deuterocanónicos.

El investigador John J. Collins (2014) explica que la Septuaginta se convirtió en la principal colección de Escrituras utilizada por los judíos de habla griega y, posteriormente, por las primeras comunidades cristianas. De hecho, diversos estudios sobre el Nuevo Testamento muestran que la mayoría de las citas del Antiguo Testamento realizadas por los evangelistas y los apóstoles proceden precisamente de esta versión griega y no del texto hebreo tradicional.

Tras la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén en el año 70 d. C., el judaísmo rabínico inició un proceso gradual de consolidación de su canon, integrado únicamente por los libros conservados en hebreo, lo que dio origen al actual Tanaj. Durante muchos años se afirmó que esta decisión había sido tomada en el llamado Concilio de Jamnia; sin embargo, Lee Martin McDonald sostiene que la investigación contemporánea descarta la existencia de un concilio formal y considera que el cierre del canon fue un proceso prolongado que se desarrolló durante varias generaciones.

Mientras tanto, la Iglesia cristiana continuó utilizando la Septuaginta. Padres de la Iglesia como Ireneo de Lyon, Clemente de Alejandría y Agustín de Hipona citaron estos libros como parte de las Escrituras. Incluso Jerónimo, traductor de la Vulgata Latina, manifestó algunas reservas por preferir el canon hebreo, aunque finalmente los incorporó a su traducción debido al uso litúrgico que ya tenían dentro de la Iglesia.

La aceptación de estos escritos quedó reflejada en diversos concilios antiguos, entre ellos Roma (382), Hipona (393) y Cartago (397 y 419). No obstante, el debate resurgió durante la Reforma Protestante. En 1534, Martín Lutero publicó su traducción alemana de la Biblia colocando estos libros en una sección independiente titulada Apócrifos, indicando que eran útiles para la lectura, aunque no al mismo nivel que el resto de las Escrituras. Con el paso del tiempo, muchas ediciones protestantes dejaron de imprimirlos, especialmente a partir del siglo XIX, cuando diversas sociedades bíblicas optaron por publicar versiones sin esa sección.

Como respuesta, el Concilio de Trento de 1546 confirmó oficialmente el carácter canónico de los deuterocanónicos para la Iglesia católica, ratificando una tradición que ya había sido reconocida desde los primeros siglos del cristianismo.

Más allá de las diferencias confesionales, los especialistas coinciden en que estos libros representan una fuente histórica invaluable para comprender el período comprendido entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Primero de Macabeos constituye una de las principales fuentes sobre la rebelión judía contra Antíoco IV Epífanes y el surgimiento de la dinastía asmonea, mientras que Segundo de Macabeos desarrolla conceptos como la resurrección de los muertos y el valor del martirio, ideas que posteriormente influirían en la teología cristiana.

Por su parte, Tobías presenta una reflexión sobre la providencia divina, la familia y el matrimonio; Judit exalta la fidelidad y el valor frente a la opresión; Sabiduría profundiza en la justicia, la inmortalidad y la acción de Dios en la historia; Sirácida reúne enseñanzas morales sobre la vida cotidiana, la educación y el temor de Dios; mientras que Baruc ofrece una mirada esperanzadora sobre el arrepentimiento y la restauración del pueblo de Israel.

Los investigadores Bruce Metzger (1997) y F. F. Bruce (2018) coinciden en que estos escritos deben leerse teniendo presente su contexto histórico y su género literario. Algunos corresponden a relatos edificantes, otros son literatura sapiencial y otros narraciones históricas con una profunda intención teológica. Comprender el momento histórico en el que fueron escritos resulta indispensable para interpretar adecuadamente su mensaje y evitar una lectura descontextualizada.

Actualmente, la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas reconocen estos libros como parte de las Escrituras inspiradas, mientras que la mayoría de las iglesias protestantes los consideran documentos de gran valor histórico y espiritual, aunque sin otorgarles carácter canónico. Más allá de esta diferencia, los deuterocanónicos constituyen un puente fundamental para comprender la evolución del pensamiento judío, el contexto en el que surgió el cristianismo y el complejo proceso mediante el cual se conformó la Biblia que hoy conocen millones de creyentes en todo el mundo.