David Morales
Un descubrimiento arqueológico en Campeche aporta nuevas evidencias sobre el desarrollo temprano de la escritura y el calendario maya, y coloca a Calakmul entre los centros intelectuales más antiguos de Mesoamérica.
Lo que en un principio parecía ser únicamente un nuevo mural prehispánico terminó por convertirse en una pieza capaz de modificar parte de la historia de la civilización maya. Investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) dieron a conocer el hallazgo de un mural localizado en la Estructura II de la antigua ciudad de Calakmul, Campeche, cuya antigüedad se estima entre los años 400 y 200 antes de nuestra era, convirtiéndose en una de las manifestaciones pictóricas y escriturarias más tempranas registradas en las Tierras Bajas mayas.
El descubrimiento, difundido por el INAH, documenta la presencia de un signo asociado al calendario ritual de 260 días, además de una representación relacionada con un antiguo mito de creación. Para los arqueólogos, estos elementos sitúan a Calakmul dentro del reducido grupo de ciudades donde existen evidencias del surgimiento temprano de la escritura maya, junto a sitios como San Bartolo, El Mirador y Tikal, en Guatemala.
Durante décadas, el desarrollo de la escritura maya estuvo estrechamente ligado a las investigaciones realizadas en San Bartolo por el arqueólogo estadounidense William Saturno, cuyo descubrimiento de los célebres murales en 2001 revolucionó el estudio del periodo Preclásico. Aquellas pinturas, fechadas alrededor del siglo I a. C., demostraron que conceptos religiosos, políticos y calendáricos considerados propios del periodo Clásico ya existían varios siglos antes.
A estos trabajos se sumaron los estudios del epigrafista David Stuart, de la Universidad de Texas en Austin, considerado uno de los mayores especialistas en escritura jeroglífica maya, quien ha sostenido que el sistema de escritura alcanzó un alto grado de desarrollo mucho antes de lo que la arqueología suponía hace apenas unas décadas. El nuevo descubrimiento en Calakmul fortalece precisamente esa hipótesis.
El mural campechano conserva un signo identificado como parte del Tzolk’in, el calendario ritual de 260 días utilizado por prácticamente todas las culturas mesoamericanas. Este sistema no servía para medir el tiempo cotidiano, sino para organizar ceremonias religiosas, determinar nombres, elegir fechas propicias y estructurar la vida ritual de las comunidades.
Para el arqueólogo Karl Taube, especialista de la Universidad de California en iconografía mesoamericana, la aparición de estos signos en contextos tan antiguos demuestra que las complejas tradiciones religiosas mayas ya estaban plenamente articuladas durante el Preclásico. Aunque Taube no participa directamente en la investigación de Calakmul, sus estudios sobre la iconografía temprana ayudan a interpretar este tipo de representaciones como parte de una cosmovisión compartida en buena parte del mundo maya.
Otro aspecto sobresaliente del hallazgo es el lugar donde fue encontrado. El mural se localiza al interior de una estructura cuya arquitectura recrea una cueva artificial, un espacio que para los antiguos mayas representaba el punto de contacto entre el mundo humano y el inframundo, además de ser considerado el sitio del nacimiento del maíz, del agua y de los primeros seres humanos.
En ese escenario aparece una escena vinculada a Juun Ajaw, personaje cuya figura forma parte de antiguas narraciones sobre la creación del mundo. Aunque el comunicado del INAH evita establecer una relación directa con el Popol Vuh, diversos investigadores consideran que este tipo de representaciones evidencian que muchos de los relatos recopilados por los mayas quichés en el siglo XVI tienen raíces iconográficas y religiosas que se remontan más de mil años atrás.
La importancia del descubrimiento también radica en el papel que comienza a desempeñar Campeche dentro del estudio de los orígenes de la escritura maya. Apenas en años recientes, el epigrafista alemán Nikolai Grube, de la Universidad de Bonn, documentó los murales del sitio arqueológico Chakjobon, también en el sur de Campeche, donde identificó algunos de los textos jeroglíficos más antiguos conocidos para la región. Con el nuevo hallazgo de Calakmul, los investigadores cuentan ahora con un conjunto de evidencias que apuntan a que el norte de las Tierras Bajas mayas participó activamente en el desarrollo temprano de las tradiciones escriturarias y calendáricas.
Durante mucho tiempo, Calakmul fue reconocida principalmente por haber sido la capital de la poderosa Dinastía Kaan, una de las entidades políticas más influyentes del periodo Clásico, rival histórica de Tikal y protagonista de algunos de los episodios más importantes de la historia maya. No obstante, este nuevo descubrimiento amplía considerablemente la cronología de la ciudad y revela que su relevancia cultural comenzó varios siglos antes de alcanzar su poder político.
Para los especialistas, el hallazgo abre nuevas preguntas sobre el origen mismo de la escritura maya. ¿Existían ya escuelas de escribas durante el siglo IV a. C.? ¿Qué tan extendido estaba el uso del calendario ritual? ¿Hasta dónde llegaban las redes de intercambio de conocimientos entre ciudades como San Bartolo, El Mirador y Calakmul? Son interrogantes que únicamente podrán responder futuras excavaciones.
Mientras tanto, el mural descubierto en Campeche representa una nueva evidencia de que el conocimiento científico, religioso y artístico de los antiguos mayas comenzó a consolidarse mucho antes del florecimiento de las grandes ciudades clásicas. Más que un vestigio aislado, constituye una ventana hacia los primeros capítulos de una de las tradiciones intelectuales más complejas del continente americano.