David Morales

Lo que durante años fue una curiosidad viral en redes sociales hoy se ha convertido en una disciplina profesional con campeonatos, categorías de peso, reglamentos oficiales y millones de seguidores alrededor del mundo. El slap fighting, conocido popularmente como deporte de las bofetadas, vive un crecimiento acelerado impulsado por Power Slap, la organización fundada por el presidente de UFC, Dana White, que ha transformado estos enfrentamientos en un espectáculo deportivo de alcance internacional.

La disciplina consiste en enfrentar a dos competidores de pie, uno frente al otro, quienes intercambian bofetadas abiertas al rostro sin posibilidad de esquivar, bloquear o amortiguar el impacto. El vencedor puede definirse por nocaut, nocaut técnico o decisión de los jueces, quienes califican la potencia del golpe, la precisión, el daño ocasionado y la capacidad de recuperación del atleta.

Aunque las competencias de bofetadas ya eran populares desde hace varios años en países como Rusia, Polonia y otras naciones de Europa del Este, fue en 2022 cuando Dana White, junto con el empresario Lorenzo Fertitta y el productor televisivo Craig Piligian, creó Power Slap con el objetivo de profesionalizar esta modalidad bajo un reglamento unificado y una estructura similar a la utilizada en las artes marciales mixtas

Actualmente la empresa organiza campeonatos mundiales, mantiene divisiones masculinas y femeninas, publica rankings oficiales y produce la serie documental Road to the Title, donde muestra el proceso de preparación de sus principales figuras.

Entre las atletas más reconocidas del circuito destaca Sheena Bathory, competidora húngara que combina su trayectoria como modelo fitness con el levantamiento de potencia y que se ha convertido en uno de los rostros más populares de la división femenil. En la rama varonil sobresalen nombres como Da Crazy Hawaiian (Koa Viernes), uno de los peleadores con mayor número de nocauts espectaculares; Wolverine (Wes Mena), excampeón de la organización; y la expeleadora de UFC y Bare Knuckle Fighting Championship Paige VanZant, quien ayudó a impulsar la presencia femenina dentro de la liga.

Lejos de tratarse únicamente de fuerza física, los competidores siguen programas de entrenamiento especializados. Una parte importante de su preparación está enfocada en fortalecer el cuello mediante ejercicios isométricos, arneses y trabajo de trapecios para disminuir el movimiento brusco de la cabeza tras cada impacto. A ello se suma el desarrollo de potencia mediante levantamiento de pesas, ejercicios explosivos, trabajo de hombros, espalda, antebrazos y muñecas, además de prácticas constantes para mejorar la precisión del golpe sobre las zonas permitidas por el reglamento.

Muchos de los atletas provienen de disciplinas como las artes marciales mixtas, el boxeo, el powerlifting, las competencias de strongman o la lucha olímpica, lo que explica el alto nivel físico que presentan durante los eventos.

Sin embargo, el crecimiento del deporte ha estado acompañado de un intenso debate dentro de la comunidad médica. Diversos neurólogos y especialistas en medicina deportiva han advertido que, a diferencia de deportes de contacto tradicionales donde el competidor puede defenderse o reducir parcialmente el impacto, en las peleas de bofetadas el objetivo consiste precisamente en recibir el golpe de manera directa.

Los especialistas han señalado que esta característica podría aumentar el riesgo de conmociones cerebrales, lesiones cervicales y daños neurológicos derivados de traumatismos repetitivos. Aunque Power Slap exige exámenes médicos, estudios neurológicos, resonancias magnéticas, presencia de médicos durante los combates y protocolos similares a los utilizados por la UFC, la discusión sobre la seguridad de la disciplina permanece abierta entre científicos y autoridades sanitarias.

Power Slap no es la única organización dedicada a este deporte. Existen otras ligas como SlapFight Championship, Slap Fighting Championship, PunchDown y diversos torneos organizados en Europa del Este, donde varios de los actuales competidores comenzaron sus carreras antes de incorporarse a la organización estadounidense.

El auge de estos eventos ha sido impulsado principalmente por las redes sociales, donde los videos de nocauts acumulan millones de reproducciones y han convertido a las peleas de bofetadas en uno de los contenidos deportivos con mayor capacidad de viralización.

En México, pese al creciente interés del público, todavía no existe una liga profesional reconocida internacionalmente bajo un modelo similar al de Power Slap. Si bien se han realizado exhibiciones y torneos organizados por promotores independientes y gimnasios especializados en deportes de contacto, el país aún no cuenta con un campeonato nacional permanente avalado por organismos deportivos oficiales.

Mientras continúa su expansión global, el deporte de las bofetadas permanece dividido entre quienes lo consideran una nueva modalidad de competencia de alto rendimiento y quienes cuestionan si una disciplina basada en recibir impactos directos en la cabeza puede evolucionar sin comprometer la salud de sus participantes. Para sus seguidores representa una nueva forma de entretenimiento extremo; para sus detractores, un experimento deportivo cuyo verdadero costo podría conocerse con el paso de los años