David Morales
Pese a que suele asociarse con las esculturas de la antigua Grecia y a menudo se le considera una deformidad poco común, el llamado dedo de Morton o «pie griego» es en realidad una de las variantes anatómicas más frecuentes del pie humano. Estudios recientes estiman que alrededor de cuatro de cada diez personas presentan esta característica, la cual consiste en que el segundo dedo sobresale por encima del dedo gordo debido a que el primer metatarsiano es relativamente más corto. En la mayoría de los casos no representa una enfermedad, aunque sí puede modificar la forma en que el pie distribuye el peso del cuerpo y favorecer algunas molestias.
Lejos de ser un simple rasgo curioso, esta condición ha despertado el interés de médicos, antropólogos e historiadores del arte durante más de un siglo. Desde las investigaciones del cirujano ortopedista estadounidense Dudley Joy Morton, quien en 1935 publicó The Human Foot. Its Evolution, Physiology and Functional Disorders, hasta estudios biomecánicos contemporáneos, el dedo de Morton continúa siendo objeto de análisis por su influencia sobre la marcha y la salud del pie.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en F1000Research en 2026, considerada la síntesis científica más amplia realizada hasta ahora sobre esta condición, analizó cinco investigaciones que comprendieron un total de 2 mil 636 pies. El estudio encontró una prevalencia global cercana al 40 por ciento de la población, aunque los distintos trabajos revisados reportaron cifras que oscilaron entre el 28 y el 66 por ciento dependiendo de la población estudiada. Los autores concluyeron además que no existen diferencias estadísticamente significativas entre hombres y mujeres, y atribuyeron la variabilidad observada principalmente a factores genéticos y poblacionales.
Desde el punto de vista médico, el denominado dedo de Morton suele confundirse con un segundo dedo largo, cuando en realidad el cambio anatómico ocurre en la base del pie. La literatura especializada, entre ella Gray’s Anatomy y Anatomy of the Foot and Ankle, explica que el primer metatarsiano presenta una longitud menor respecto al segundo, haciendo que visualmente el segundo dedo sobresalga. Esta diferencia modifica ligeramente el reparto de las cargas durante la caminata, aunque el organismo suele adaptarse sin dificultad.
Por ello, los especialistas coinciden en que el dedo de Morton no debe considerarse una enfermedad por sí mismo, sino una variante anatómica normal. De acuerdo con la evidencia clínica recopilada por Habib y colaboradores, la mayoría de las personas nunca desarrolla síntomas y desconoce que posee esta característica.
Sin embargo, cuando se combina con otros factores como el pie plano, el uso constante de calzado estrecho, el sobrepeso o actividades deportivas de alto impacto, puede aumentar la presión ejercida sobre el segundo metatarsiano. Diversos estudios han asociado esta redistribución del peso con una mayor probabilidad de padecer metatarsalgia, fascitis plantar, dedos en martillo o juanetes, aunque los investigadores aclaran que se trata únicamente de asociaciones biomecánicas y no de una relación causal inevitable.
Más allá de la medicina, el dedo de Morton posee una notable relevancia histórica. La razón por la que también se conoce como pie griego se encuentra en el arte clásico. Numerosas esculturas realizadas entre los siglos V y IV antes de Cristo muestran deliberadamente un segundo dedo ligeramente más largo que el primero.
Los historiadores del arte consideran que esta representación obedecía a un ideal estético más que a una reproducción fiel de la población. Escultores vinculados al canon desarrollado por Policleto utilizaron estas proporciones para transmitir armonía, equilibrio y movimiento, principios fundamentales de la escultura clásica griega. Obras inspiradas en estos modelos, como el Apolo Belvedere y posteriormente esculturas renacentistas realizadas por Miguel Ángel, conservaron este rasgo anatómico como símbolo de belleza.
Paradójicamente, la presencia constante del pie griego en las esculturas provocó durante siglos la falsa creencia de que esa era la forma predominante del pie entre los antiguos griegos. La antropología moderna ha demostrado que no existe evidencia suficiente para sostener esa afirmación y que su repetición respondió principalmente a criterios artísticos.
La genética también parece desempeñar un papel importante. Investigaciones antropológicas señalan que la longitud relativa de los dedos constituye un rasgo hereditario de origen poligénico, por lo que es frecuente encontrar esta característica en varios integrantes de una misma familia.
Otra curiosidad es que el dedo de Morton no siempre aparece en ambos pies. Algunas personas lo presentan únicamente en uno, mientras que otras pueden requerir zapatos ligeramente más largos debido a que el segundo dedo es el primero en entrar en contacto con la punta del calzado.