David Morales / AVANCE

Cada 6 de agosto, la Iglesia católica celebra la Solemnidad de la Transfiguración del Señor, una de las festividades más significativas del calendario litúrgico al recordar el momento en que, según los Evangelios, Jesucristo manifestó su gloria divina ante tres de sus discípulos. El episodio ocupa un lugar central en la cristología al anticipar la resurrección de Cristo y revelar, para los creyentes, su naturaleza divina. Sin embargo, más de dos mil años después, este pasaje continúa siendo objeto de distintas interpretaciones teológicas entre las principales ramas del cristianismo.

La Transfiguración es uno de los acontecimientos mejor atestiguados del Nuevo Testamento. Se encuentra narrada en los tres Evangelios sinópticos, el Evangelio según San Mateo (17, 1-9), el Evangelio según San Marcos (9, 2-10) y el Evangelio según San Lucas (9, 28-36), además de ser recordada por el apóstol Pedro en el Segundo Libro de Pedro (1, 16-18), donde afirma haber sido testigo presencial del acontecimiento.

Los textos relatan que Jesús ascendió a un monte acompañado únicamente por Pedro, Santiago y Juan. Mientras oraba, «su rostro resplandeció como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz», describe el Evangelio de Mateo. Junto a Él aparecieron Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas, conversando acerca de la misión redentora que culminaría en Jerusalén. Poco después, una nube cubrió el lugar y una voz proclamó desde el cielo:

«Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd.» (Mateo 17, 5).

Para la tradición cristiana, esta declaración constituye una de las afirmaciones más claras de la identidad mesiánica y divina de Jesucristo.

Aunque los Evangelios no precisan el lugar exacto del acontecimiento, desde el siglo IV la tradición cristiana lo identifica con el Monte Tabor. La peregrina hispana Egeria ya describía celebraciones litúrgicas en este sitio hacia finales del siglo IV en su Itinerarium Egeriae. Sin embargo, estudios históricos realizados por especialistas como Raymond E. Brown y Joachim Gnilka señalan que algunos investigadores consideran más probable el Monte Hermón, debido a su cercanía con la región donde se desarrollaba el ministerio de Jesús. La ausencia de una identificación geográfica explícita en los textos bíblicos ha impedido alcanzar un consenso definitivo.

La fiesta comenzó a celebrarse en las Iglesias orientales entre los siglos V y VI y fue extendiéndose gradualmente por Occidente. El historiador de la liturgia Josef Andreas Jungmann documenta que el papa Calixto III incorporó oficialmente la festividad al calendario universal de la Iglesia en 1457, como acción de gracias tras la victoria cristiana en el sitio de Belgrado frente al Imperio otomano.

El Catecismo de la Iglesia Católica dedica los numerales 554 al 556 a explicar el significado de este episodio. La doctrina católica sostiene que la Transfiguración anticipa la gloria de la Resurrección, fortalece la fe de los apóstoles antes de la Pasión y manifiesta la divinidad de Cristo. Asimismo, interpreta la presencia de Moisés y Elías como el encuentro entre la Ley y los Profetas con su cumplimiento definitivo en Jesucristo.

No obstante, esta interpretación no es compartida íntegramente por todas las tradiciones cristianas. A partir de la Reforma del siglo XVI surgió una lectura distinta del pasaje, particularmente dentro de la teología reformada, que conserva la importancia histórica y doctrinal del acontecimiento, pero cuestiona algunos desarrollos teológicos posteriores construidos alrededor de él.

El reformador Juan Calvino, en su Comentario al Evangelio según San Mateo, sostiene que la escena no debe entenderse principalmente como una invitación a contemplar un misterio litúrgico, sino como una confirmación de que toda la revelación del Antiguo Testamento converge en Cristo. Para Calvino, la aparición de Moisés y Elías no pretende otorgarles protagonismo, sino demostrar que la Ley y los Profetas encuentran en Jesús su cumplimiento definitivo.

La diferencia se hace aún más evidente al analizar la reacción del apóstol Pedro, quien propone construir tres tiendas para permanecer en el lugar. Mientras algunas interpretaciones tradicionales han visto en este gesto un deseo comprensible de permanecer en la gloria de Dios, Calvino considera que el relato muestra precisamente el error humano de querer perpetuar una experiencia extraordinaria cuando el propósito divino era dirigir la atención exclusivamente hacia Cristo. En este sentido, la orden del Padre, «Escúchenlo», adquiere un significado central al señalar que ninguna otra figura posee la misma autoridad que el Hijo.

Documentos históricos como la Confesión de Fe de Westminster y la Confesión Belga desarrollan esta misma línea interpretativa. Ambas sostienen que la Transfiguración confirma la autoridad suprema de Cristo y la suficiencia de las Escrituras, pero advierten que el relato evangélico no constituye un fundamento para desarrollar prácticas devocionales, la veneración de lugares santos o nuevas expresiones litúrgicas que no se desprendan explícitamente del texto bíblico. Desde esta perspectiva, la finalidad del episodio es fortalecer la fe de los discípulos antes de la cruz y señalar a Jesucristo como el único mediador entre Dios y los hombres.

Esta diferencia refleja uno de los contrastes más profundos entre ambas tradiciones. Mientras la Iglesia católica interpreta la Transfiguración dentro del desarrollo doctrinal, sacramental y litúrgico de la Iglesia, la teología reformada insiste en que el significado del acontecimiento debe limitarse a aquello que las Escrituras afirman de manera explícita, evitando atribuirle implicaciones que, a juicio de sus teólogos, corresponden a desarrollos posteriores de la tradición eclesiástica.

Los especialistas en historia del cristianismo coinciden en que estas diferencias no modifican el núcleo del relato evangélico, sino la forma en que ha sido interpretado a lo largo de los siglos. Tanto católicos como reformados reconocen la Transfiguración como una manifestación de la gloria de Cristo, la confirmación de su identidad como Hijo de Dios y una preparación para los acontecimientos de la Pasión y la Resurrección. Las divergencias aparecen principalmente en el alcance doctrinal atribuido al episodio y en la autoridad que cada tradición concede a la interpretación histórica de la Iglesia junto al texto bíblico.

La escena también ha dejado una profunda huella en la historia del arte. Entre las representaciones más célebres destaca La Transfiguración, realizada por Rafael Sanzio entre 1516 y 1520, considerada una de las obras maestras del Renacimiento y conservada actualmente en los Museos Vaticanos. Del mismo modo, la iconografía bizantina convirtió este episodio en uno de los temas más recurrentes del arte sacro oriental.

En México, la solemnidad forma parte del calendario litúrgico de la Conferencia del Episcopado Mexicano y es celebrada mediante eucaristías solemnes en parroquias de todo el país. En el estado de Tabasco, la Diócesis de Tabasco incorpora esta festividad dentro de su calendario pastoral, invitando a los fieles a reflexionar sobre la identidad de Cristo y el llamado a la conversión.