David Morales / AVANCE
El 6 de agosto de 1945, la ciudad japonesa de Hiroshima se convirtió en el escenario del primer ataque con un arma nuclear utilizada en un conflicto armado. A las 8:15 horas, el bombardero estadounidense Enola Gay, un avión B-29 de la Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos, lanzó la bomba atómica «Little Boy», provocando una destrucción sin precedentes y marcando un antes y un después en la historia militar, científica y política del siglo XX.
El bombardeo ocurrió durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, conflicto que entre 1939 y 1945 involucró a decenas de países y dejó más de 60 millones de muertos, de acuerdo con investigaciones del historiador Antony Beevor y del Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos. Para ese momento, la Alemania nazi ya se había rendido, pero el Imperio del Japón continuaba combatiendo en el océano Pacífico.
La bomba fue desarrollada como parte del Proyecto Manhattan, un programa científico y militar encabezado por Estados Unidos con la colaboración del Reino Unido y Canadá. Bajo la dirección científica de J. Robert Oppenheimer y la coordinación militar del general Leslie Groves, el proyecto reunió a algunos de los físicos más importantes del siglo XX, entre ellos Enrico Fermi, Niels Bohr y Richard Feynman.
De acuerdo con el Departamento de Energía de los Estados Unidos, Little Boy era una bomba de uranio-235 de aproximadamente 15 kilotones, cuya explosión liberó una energía equivalente a unas 15 mil toneladas de TNT. El artefacto detonó a unos 600 metros sobre el centro de Hiroshima, generando temperaturas de varios millones de grados en el punto de explosión y una onda expansiva que destruyó gran parte de la ciudad.
Las consecuencias fueron devastadoras. El Museo Memorial de la Paz de Hiroshima estima que entre 70 mil y 80 mil personas murieron de manera inmediata, mientras que alrededor de 140 mil personas habían fallecido antes de concluir 1945 como consecuencia de las quemaduras, los traumatismos y la exposición a la radiación. Entre las víctimas había hombres, mujeres, niñas, niños, personas mayores y miles de trabajadores civiles.
Las investigaciones médicas desarrolladas posteriormente por la Radiation Effects Research Foundation, institución creada por los gobiernos de Japón y Estados Unidos, documentaron que la radiación incrementó significativamente el riesgo de leucemia, diversos tipos de cáncer, cataratas y otras enfermedades entre los sobrevivientes, conocidos en Japón como hibakusha, término que significa «personas afectadas por la bomba».
Tres días después, el 9 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó una segunda bomba atómica, denominada «Fat Man», sobre la ciudad de Nagasaki. Las investigaciones del historiador Richard B. Frank y del National WWII Museum indican que ambos bombardeos, sumados a la declaración de guerra de la Unión Soviética contra Japón, precipitaron la rendición japonesa anunciada el 15 de agosto de 1945 y formalizada el 2 de septiembre, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, el empleo de armas nucleares continúa siendo objeto de un intenso debate histórico, político y ético. Algunos historiadores, como Richard B. Frank, sostienen que los bombardeos evitaron una invasión terrestre del archipiélago japonés que habría causado un número aún mayor de víctimas. Otros especialistas, entre ellos Tsuyoshi Hasegawa y Gar Alperovitz, consideran que Japón ya se encontraba en una situación militar insostenible y que existían alternativas diplomáticas para concluir la guerra. El consenso historiográfico reconoce que el tema sigue siendo objeto de investigación y discusión, sin una interpretación única aceptada por todos los especialistas.
Las consecuencias trascendieron el ámbito militar. El desarrollo de las armas nucleares inauguró la llamada era atómica, caracterizada por una carrera armamentista entre las principales potencias durante la Guerra Fría. Según la Federation of American Scientists, en la actualidad existen aproximadamente 12 mil ojivas nucleares en el mundo, concentradas principalmente en nueve países, una cifra muy inferior al máximo registrado durante la década de 1980, cuando los arsenales superaban las 70 mil armas nucleares.
El impacto humanitario de Hiroshima impulsó también la construcción de un marco internacional para limitar el uso de estas armas. En 1968 se abrió a firma el Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP), considerado el principal instrumento internacional para prevenir la expansión del armamento nuclear y promover el desarme. Posteriormente, en 2017, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, impulsado por la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), organización galardonada ese mismo año con el Premio Nobel de la Paz.
México ha desempeñado un papel relevante en los esfuerzos internacionales de desarme. En 1967, el país promovió el Tratado para la Proscripción de las Armas Nucleares en la América Latina y el Caribe, conocido como Tratado de Tlatelolco, firmado en la Ciudad de México. El acuerdo, impulsado por el diplomático mexicano Alfonso García Robles, estableció la primera zona densamente poblada libre de armas nucleares del mundo. Su labor le valió recibir el Premio Nobel de la Paz en 1982, reconocimiento otorgado por sus contribuciones al desarme nuclear.