Por David Morales/Avance
En las calles de México todavía se escucha, de vez en cuando, el silbido agudo del caramillo que anuncia la llegada del afilador. El sonido funciona como un puente hacia un tiempo en el que la reparación era una práctica cotidiana y no una rareza. Ese oficio, que según registros culturales recopilados por el portal Mexico News Daily forma parte de los “sonidos tradicionales” de las ciudades mexicanas, enfrenta hoy un proceso de desaparición acelerada.
La historia se repite en distintas regiones del país. En Toluca, por ejemplo, el afilador Hazael Rosales contó en una entrevista para un reportaje cultural de Milenio que aprendió el oficio desde niño y que continúa pedaleando por convicción. Para Rosales, cada herramienta que devuelve a la vida es “una forma de demostrar que aún vale la pena reparar”, aunque reconoce que el trabajo ya no tiene el flujo constante de hace dos décadas, cuando las casas todavía conservaban tijeras de acero y cuchillos de hoja gruesa.
Ese declive está documentado por quienes han estudiado la transformación del comercio ambulante. En un trabajo reciente de Metropolí Hoy, especialistas en cultura popular mencionan que la proliferación de cuchillos baratos, fabricados industrialmente, ha desplazado la necesidad de afilar. “La gente prefiere comprar uno nuevo”, explican, un cambio de hábito que afecta tanto a mercados como a talleres.
La misma situación se observa en otras ciudades. El afilador Rafael Zamudio, entrevistado para un perfil publicado en Rotativo de Querétaro, asegura que “el oficio ya es de resistencia”. Recorre mercados y tianguis con su esmeril montado en una bicicleta adaptada. Aun así, continúa porque todavía hay familias que reconocen el valor de conservar sus herramientas, sobre todo en zonas donde el trabajo de cocina o campo sigue siendo esencial.
Metodistas del oficio, como David Camarillo en Gómez Palacio, narran historias similares. En un reportaje regional de Milenio, Camarillo reconoce que encontrar piedras adecuadas para afilar se ha vuelto complicado y que el público joven ya no identifica el sonido del caramillo como un llamado a servicio. Sin embargo, sigue recorriendo calles porque, según dice, “mientras exista una cocina con cuchillos viejos, habrá trabajo”.
En varias regiones se cuentan apenas unos cuantos afiladores activos. Una investigación publicada por la Organización Editorial Mexicana reportó que en algunos municipios los afiladores “se pueden contar con los dedos de una mano”, un indicador claro del grado de desaparición del oficio. Ese diagnóstico coincide con lo observado en mercados de Puebla, Querétaro y Chihuahua, donde los comerciantes señalan que casi no llegan afiladores en comparación con décadas pasadas.
El oficio del afilador resiste gracias al vínculo que mantiene con la memoria urbana. Más allá del servicio, es un recordatorio de la cultura de la reparación, de la economía de barrio y de la vida comunitaria que aún persiste en rincones del país. Cada chispa que se desprende del esmeril es un gesto de supervivencia frente a la lógica desechable del consumo moderno.
Aunque su presencia se vuelve cada vez más esporádica, quienes aún sostienen la piedra y el pedal mantienen vivo un paisaje sonoro que forma parte de la identidad de México. Sin ellos, el silencio de las calles sería un poco más profundo.