Por David Morales/Avance
La idea de que los gatos se comportan como líquidos comenzó como una broma en internet, aunque con el paso del tiempo llamó la atención de especialistas en física que encontraron en esta imagen un punto de partida útil para explicar fenómenos reales. El asunto tuvo alcance internacional cuando un físico francés decidió analizar formalmente la flexibilidad felina y terminó ganando un premio dedicado a investigaciones que provocan risa y reflexión.
El físico Marc Antoine Fardin estudió la capacidad de los gatos para adoptar la forma de cualquier recipiente y abordó el tema desde la reología, la disciplina que analiza cómo se deforman y fluyen los materiales. Su trabajo apareció en una publicación especializada y usó un concepto conocido como número de Deborah, el cual compara el tiempo que tarda un cuerpo en deformarse con el tiempo en que se le observa. En esa escala, un gato puede “fluir” dentro de cajas, macetas o lavabos con una facilidad sorprendente.
Ese estudio obtuvo un Nobel en Física, un reconocimiento que celebra investigaciones inusuales que invitan a reflexionar sobre cómo funciona el mundo. El mérito no radica en afirmar que los gatos son líquidos, algo que científicamente es imposible, sino en mostrar que las metáforas pueden ayudar a explicar fenómenos complejos relacionados con la elasticidad, la deformación y la percepción del cuerpo en movimiento.
A partir de ahí surgieron trabajos más serios en áreas como la biomecánica y la percepción espacial felina. En revistas científicas se han documentado observaciones sobre cómo los gatos ajustan la forma de su cuerpo para atravesar espacios estrechos y cómo desarrollan una conciencia corporal precisa que les permite decidir si pueden o no pasar por un hueco. Estos estudios señalan que la extraordinaria flexibilidad de su columna y su musculatura hace que adopten posturas que recuerdan el comportamiento de un fluido, aunque en realidad responden a adaptaciones físicas propias de un cazador sigiloso.
Instituciones científicas que abordan temas de divulgación han retomado el concepto para explicar lo que sí es cierto sobre los estados de la materia. Un líquido carece de forma fija y sus partículas se desplazan libremente, mientras que el cuerpo de un gato está compuesto por tejidos sólidos con estructuras bien definidas. La comparación funciona como imagen pedagógica, no como clasificación biológica.
La popularidad del tema proviene de la vida cotidiana. Dueños de gatos comparten fotografías y videos en los que sus mascotas se acurrucan en recipientes imposibles y se introducen en espacios que parecen no admitir un cuerpo completo. La ciencia ha encontrado allí una oportunidad para dialogar con el público y mostrar cómo la observación común puede conducir a preguntas más profundas sobre el movimiento y la materia.
En resumen, ningún gato es líquido, aunque muchos se comportan con la soltura de uno. La explicación se encuentra en su anatomía, en su instinto y en su notable capacidad para adaptarse al espacio, una habilidad que la ciencia ha aprovechado para enseñar física y para recordar que el conocimiento también puede nacer de una imagen divertida.
