Agencia/Los angeles
Bastaron un par de atrapadas sorprendentes en los jardines y una sonrisa carismática para que Randy Arozarena emergiera como ídolo popular en México. No fue un proceso largo ni una construcción planificada. Sucedió en tiempo real, frente a miles de personas que encontraron en su manera de jugar una forma de representación. El Clásico Mundial de Beisbol de 2023 hizo el resto. Esta semana firmó el contrato millonario con los Mariners de Seattle.
Desde ese torneo, su figura quedó asociada al seleccionado que dirigió Benjamín Gil. Cada recorrido en los jardines parecía una extensión del ánimo colectivo. México no lo adoptó por su hoja de estadísticas ni por su contrato en Grandes Ligas, lo hizo por la forma en que interpretó el juego, por la naturalidad con la que asumió el protagonismo y por una conexión que se dio sin intermediarios.
Aunque nació en Cuba, Arozarena representa a México por una historia que comenzó mucho antes del reconocimiento internacional. Su carrera profesional se gestó en ligas regionales mexicanas, en campos donde el margen de error era mínimo y la exposición inexistente. Más tarde llegó la Liga del Pacífico y con ella un sentido de pertenencia que se volvió determinante. México fue territorio de aprendizaje, de trabajo y de arraigo. Cuando apareció la oportunidad de dar el salto a MLB, ese vínculo ya estaba consolidado.
Si bien su debut en la gran carpa fue con San Luis, su llegada con Tampa Bay coincidió con uno de los momentos más extraños del beisbol moderno. En 2020, temporada marcada por la pandemia, Arozarena fue la figura indiscutida de la postemporada de los Rays y el Jugador Más Valioso de la Serie de Campeonato de la Liga Americana. Aun así, cobró el salario mínimo debido a los sueldos prorrateados.