David Morales

La salida de Movistar del mercado mexicano no ocurrió de manera repentina. Detrás de la venta anunciada en abril de 2026 existe una estrategia corporativa iniciada años atrás por Telefónica, que desde 2019 redefinió sus prioridades globales y colocó a México dentro de los mercados prescindibles.

Ese año, la empresa comunicó a la Comisión Nacional del Mercado de Valores la creación de la unidad “Hispam”, que agrupaba sus operaciones en América Latina fuera de Brasil. En términos prácticos, la región dejó de ser estratégica, lo que abrió la puerta a ventas, asociaciones o retiros progresivos como parte de planes corporativos enfocados en reducir deuda y concentrar inversiones.

El caso mexicano avanzó con rapidez a partir de ese punto. En 2019, Telefónica modificó su modelo de operación al firmar un acuerdo con AT&T para utilizar su infraestructura móvil, lo que significó dejar de invertir en red propia. Esta decisión, respaldada en reportes financieros de la compañía, marcó un viraje hacia un esquema más ligero que, en el sector, suele anticipar procesos de desinversión.

Durante los años siguientes, la empresa inició la búsqueda formal de compradores con el apoyo de firmas financieras internacionales. El objetivo era desprenderse de activos en un contexto de bajo rendimiento. De acuerdo con informes corporativos, Telefónica invirtió más de 3 mil 600 millones de euros en México sin lograr consolidar márgenes sostenidos, en un mercado dominado por América Móvil a través de Telcel.

A esta presión competitiva se sumaron factores regulatorios. Datos del propio sector señalan que México mantiene uno de los costos más elevados por uso de espectro radioeléctrico, lo que incrementa la carga financiera de los operadores. En ese entorno, la rentabilidad de Movistar se mantuvo limitada durante años, según resultados reportados a inversionistas.

El desenlace llegó en 2026, cuando Telefónica notificó formalmente la venta del 100 por ciento de su filial en México a Melisa Acquisition, un consorcio vinculado al operador digital OXIO. La operación, valuada en alrededor de 450 millones de dólares, incluyó la transferencia de todas sus unidades, entre ellas Pegaso PCS y Telefónica Celular.

La salida de México se suma a un proceso más amplio. En los últimos años, la compañía concretó ventas o reducciones de participación en países como Argentina, Colombia, Perú y Chile, con lo que prácticamente abandona el bloque latinoamericano que durante décadas fue parte central de su expansión internacional.

Las implicaciones inmediatas para los usuarios son limitadas. El servicio continuará operando sin interrupciones y la marca podría mantenerse en el corto plazo. Sin embargo, el cambio de propietario introduce un nuevo modelo de negocio, más cercano a operadores virtuales y plataformas tecnológicas, lo que podría modificar la oferta comercial en los próximos años.

A nivel estructural, la operación refleja una tendencia más amplia en la industria. Las telecomunicaciones requieren inversiones crecientes en infraestructura y espectro, lo que obliga a las empresas a concentrarse en mercados de mayor retorno. En ese escenario, México, pese a su tamaño, no logró sostener el interés de uno de los principales grupos globales del sector.

Así, la salida de Telefónica no representa una desaparición inmediata de Movistar, sino el cierre de un ciclo empresarial iniciado hace más de dos décadas. Sus efectos, sin embargo, apenas comienzan a perfilar el nuevo mapa de las telecomunicaciones en el país.