Patricia González
La contaminación auditiva está a la orden del día y sin nadie que la controle. La gente suele usar de forma inmoderada los aparatos o dispositivos electrónicos de sonido, es decir, con el argumento de que el exceso de ruido se origina en “su casa”, que los demás se aguanten.
Es costumbre que, en fiestas particulares, celebraciones familiares y ahora hasta en los pequeños comercios o negocios, los dueños del lugar no reparan en considerar e incomodar a la demás gente con el sonsonete que a todo volumen retumba hasta en una cuadra o manzana completa.
Los excesivos decibeles acompañan la letra sin ton ni son de canciones que no solo lastiman el oído de quienes habitan alguna zona residencial sino que agreden con sus palabras, repletas de improperios y expresiones que desagradan a quienes por la cercanía o proximidad tienen que escuchar por largo tiempo tal cantidad de desfiguro auditivo.
Sabemos que en cada municipalidad existe un reglamento contra el ruido con sus disposiciones generale, capítulos y fracciones incluidas, pero que, sin embargo son letra muerta ya que las autoridades correspondientes no se ocupan de dar a conocer estas reglas ante la comunidad para evitar conflictos, o aplicar verdaderamente las normas cuando se genera un desorden público a causa del ruido excesivo.
El bando de policía y buen gobierno se hace a un lado, como solemos decir comúnmente, “se hace pato” ante la solicitud de quienes se inconforman por la actitud de los originadores de desorden. Si las disposiciones en esta materia se encuentran decretadas y publicadas en el Diario Oficial del estado, no vemos entonces cuál sea el impedimento para aplicarlas y prevenir y evitar conflictos entre ciudadanos que a diario tienen que convivir aunque sea topándose en la calle cuando se ven obligados a salir de sus hogares.
La civilidad, el respeto y la tranquilidad de las personas, así como de la comunidad entera también dependen de que se apliquen las normas preventivas, como en este caso, los ruidos producidos por “instrumentos musicales o aparatos mecánicos de música” para que “resulten lo menos molesto y perjudicial”.
El control de la producción de ruidos “aplica” sus normas o reglamenta la distorsión auditiva que pueden ocasionar los cláxons o bocinas, timbres, silbatos y campanas en lo concerniente al tráfico vehicular donde no haya presencia de agentes de tránsito, es por esta causa que en el interior de las colonias o complejos viviendísticos no hay control de ningún otro tipo de ruidos donde también la policía preventiva brilla por su ausencia.
Tenemos normas y leyes, no se aplican, ni siquiera las observan los encargados de aplicarlas. Tampoco hacemos uso de la conciencia que deberíamos tener como ciudadanos responsables, no alimentamos la sana convivencia entre vecinos (de los que apenas si sabemos cómo se llaman) siquiera por cortesía. Vivimos como si fuéramos cavernarios o habitantes de la jungla. A veces solemos escuchar una expresión que reza: “te portas como ranchero” o “parece que fueras de rancho”, aunque para ser sinceros estas personas sí saludan a pesar de no conocer con quienes se topan, o hacen un gesto de reverencia o respeto ante los desconocidos en la vía pública.