Fotografia del repositorio del INAH. Vendedor de tripas infladas

Por David Morales/Avance

Entre los oficios que dieron forma a la vida cotidiana del México decimonónico hubo uno que, aunque hoy parece extraño, fue fundamental para la cocina doméstica y el comercio popular: el vendedor de tripas infladas. Su figura aparece retratada en una fotografía del estudio de Antíoco Cruces y Luis G. Campa, pioneros en registrar los “tipos populares” de la época entre 1862 y 1877, un trabajo que hoy forma parte del acervo de la Fototeca del INAH . Aquella imagen, que muestra a un hombre sosteniendo vísceras infladas y listas para vender, es una de las pocas huellas directas que sobreviven del oficio.
Las tripas, entendidas como intestinos y estómagos de animales, eran limpiadas, tratadas e infladas para servir como contenedores. La especie de “globo” que resultaba podía emplearse para preparar embutidos caseros o almacenar ciertos alimentos; en comunidades sin refrigeración ni empaques industriales, estas vísceras servían como una envoltura natural reutilizable, una especie de antecesora de la bolsa doméstica moderna. Testimonios recopilados en memorias populares y grupos de rescate histórico describen estas tripas infladas como “la bolsa del siglo XIX”, una comparación que sintetiza su función cotidiana .
El vendedor ambulante recorría mercados, plazas y calles ofreciendo su producto a familias y pequeños productores. Su actividad formaba parte del mismo universo social que los pregoneros, aguadores, carboneros y otros oficios que sostenían la vida urbana antes de la industrialización. El especialista Cruces y Campa, al retratarlos, buscaba documentar la diversidad del rostro popular de la ciudad, un México compuesto por trabajadores cuyos oficios eran tan necesarios como invisibles para las élites de la época. Sus retratos se consideran hoy una referencia clave para comprender la economía informal del siglo XIX, según registros de exhibiciones dedicadas a su obra .
Con el avance tecnológico, el oficio empezó a desaparecer. La introducción de sistemas de refrigeración, el surgimiento de los empaques industriales, las normas sanitarias modernas y la transformación de los hábitos de consumo volvieron obsoletas las tripas infladas como recipiente y redujeron su demanda. A principios del siglo XX, el trabajo del vendedor comenzó a desvanecerse hasta quedar únicamente en la memoria histórica y en una foto que sobrevive como testimonio.
La imagen conservada por la Fototeca del INAH no solo muestra a un comerciante ambulante sino que permite reconstruir una época en la que la creatividad y el aprovechamiento total de los animales eran parte esencial de la vida cotidiana. Es un recuerdo de cómo, antes de las bolsas, los empaques y el plástico, la vida urbana dependía de soluciones que nacían de la propia naturaleza.