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Por David Morales/Avance
El modelo de streaming, que hace una década prometía comodidad, acceso ilimitado y precios razonables, enfrenta hoy un desgaste evidente. Lo que antes se veía como la solución definitiva al consumo digital empieza a generar molestia entre usuarios que sienten que “nada les pertenece”, que pagan demasiado y que dependen de catálogos cambiantes. Las cifras lo confirman.
Una de las señales más claras de este descontento proviene del estudio de tendencias de consumo digital elaborado por Deloitte, donde 47 por ciento de los usuarios afirma que paga demasiado por los servicios de streaming y 41 por ciento considera que el contenido disponible no justifica el costo, una percepción que aumentó respecto al año previo.
Este incremento en la inconformidad coincide con otro indicador relevante: según datos recopilados por Antenna y citados por Reuters, el crecimiento de suscriptores en Estados Unidos se redujo a la mitad durante 2023, un síntoma inequívoco de saturación y pérdida de entusiasmo en uno de los mercados más grandes del mundo.
La presión sobre los bolsillos es un elemento que explica esta tendencia. Un análisis de LendingTree estimó que 72 por ciento de los consumidores considera que paga demasiado por streaming, y casi una tercera parte ya recortó o canceló suscripciones para reducir gastos mensuales.
Estas decisiones no responden únicamente al precio. La experiencia de uso también pesa. Estudios globales como el de Analysys Mason identifican que el público quiere opciones más flexibles, paquetes personalizados y modelos con publicidad que reduzcan costos, lo que refleja que el formato actual ya no responde a las expectativas de la audiencia.
Incluso el proceso de elegir qué ver se ha convertido en un punto de frustración. Una investigación conjunta de Talker Research y UserTesting calculó que, entre desplazamientos, búsquedas y cambios de plataforma, un usuario promedio puede perder hasta 110 horas al año sólo escogiendo contenido.
Es una paradoja: las plataformas prometían simplificar, pero la saturación del catálogo crea el efecto contrario.
Este escenario impulsa un fenómeno interesante. Cada vez más usuarios reivindican la importancia de poseer los archivos que consumen. Ya no se trata únicamente de nostalgia, sino de control. Un análisis publicado en ResearchGate sobre propiedad digital y consumo cultural documenta que la sensación de no poseer nada, dada la naturaleza temporal de los catálogos, impacta de forma directa en la percepción de valor del streaming.
Cada vez que una serie desaparece por cuestiones de licencias o una canción se mueve entre servicios, esa sensación se agudiza.
La industria musical es un ejemplo claro de estas tensiones. El Global Music Report de IFPI señala que el streaming sigue dominando y continúa sumando cientos de millones de suscriptores en todo el mundo, lo que impulsa la mayor parte de los ingresos del sector.
Sin embargo, en paralelo crecen tendencias como el auge del vinilo y la compra de descargas digitales por parte de fans que prefieren conservar archivos. IFPI y estudios complementarios del sector muestran que, aunque el consumo total de música vía streaming aumenta, la noción de propiedad sigue siendo relevante para segmentos específicos del público.
La presión también cambia según la región. Informes sectoriales muestran que en mercados emergentes los niveles de streaming alcanzan cifras récord en número de reproducciones, pero el crecimiento de suscriptores ya muestra señales de desaceleración, un comportamiento reportado en análisis internacionales sobre tendencias digitales.
Esto ha impulsado estrategias como la “rotación de plataformas”, donde los usuarios cancelan y activan servicios según el contenido que desean ver, o el regreso a modelos híbridos donde conviven suscripciones y archivos propios.
El descontento tiene un hilo conductor evidente. Los consumidores perciben que tienen menos control, más gastos y mayor dependencia de catálogos volátiles. Y en ese contexto, el MP3 —o cualquier formato que pueda almacenarse y conservarse— reaparece como alternativa. No es sólo nostalgia, sino una reacción lógica ante un modelo que ha pasado de la abundancia al agotamiento.
Los datos sugieren que la discusión seguirá creciendo. Las plataformas deberán responder con claridad, flexibilidad y nuevas propuestas de valor si quieren frenar la fuga de suscriptores. Porque la certeza de “poseer lo que se paga” vuelve a ser, para millones, una exigencia innegociable.