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Por Felipe Hernández/Avance

Cada 17 de diciembre se conmemora el Día Internacional para Poner Fin a la Violencia contra las Trabajadoras Sexuales, una fecha poco conocida invita a mirar una violencia que suele permanecer en silencio. No es una efeméride más, sino un llamado urgente a la memoria y a la empatía.
El origen de esta conmemoración está marcado por el horror. En Estados Unidos, entre las décadas de 1980 y 1990, el llamado “Asesino de Green River” asesinó a decenas de mujeres que ejercían el trabajo sexual en Seattle.
La conmemoración comenzó formalmente en 2003, fue impulsada por la doctora Annie Sprinkle y por Robyn Few, fundadora del Sex Workers Outreach Project USA. Lo que inició como una vigilia local se transformó en un evento internacional en el que hoy participan trabajadoras sexuales, activistas, familiares y aliados.
Este día busca visibilizar los crímenes de odio que afectan a este colectivo, también señala el peso del estigma social, que normaliza la violencia y resta valor a las vidas de quienes ejercen el trabajo sexual. Activistas advierten que ciertas leyes prohibicionistas contribuyen a mantener estas condiciones de riesgo.
Uno de los símbolos más visibles de esta jornada es el paraguas rojo. Apareció por primera vez en Venecia en 2001, durante una manifestación artística y callejera encabezada por trabajadoras sexuales. El color rojo se convirtió en señal de alerta y resistencia y desde entonces, el símbolo ha recorrido el mundo.
Este 17 de diciembre, el paraguas rojo recuerda que nadie debería ser invisible. Poner fin a la violencia comienza con mirar de frente una realidad incómoda y con aceptar que todas las vidas merecen protección, sin excepciones.