Por Felipe Hernández/Avance

El cielo de El Cairo fue testigo, en 1976, de una escena imposible de imaginar siglos atrás: un faraón del antiguo Egipto emprendía un viaje aéreo. Ramsés II, símbolo de poder y eternidad, dejó momentáneamente su descanso milenario para convertirse en protagonista de uno de los episodios más extraños de aquel tiempo.
El legendario gobernante, que reinó durante 67 años, fue trasladado desde El Cairo hasta Francia a bordo de un avión militar, su cuerpo momificado viajaba dentro de un sarcófago especialmente diseñado para resistir golpes, fuego y cualquier incidente durante el trayecto aéreo.
Para proteger los restos, los especialistas acolcharon cuidadosamente cada parte del cuerpo con materiales suaves que amortiguaran las vibraciones del vuelo. El traslado no era un gesto simbólico, sino una medida urgente para salvar la momia de un deterioro que amenazaba con destruirla.
Antes de despegar, Ramsés II recibió honores similares a los de un jefe de Estado en el aeropuerto de Heliópolis. Durante todo el viaje fue acompañado por representantes diplomáticos y expertos en egiptología, quienes velaron por su seguridad en cada momento.
El vuelo se realizó a baja altura para evitar turbulencias, y existe el relato de que el piloto dio una última vuelta sobre El Cairo, como una despedida simbólica del territorio que el faraón gobernó en vida.
A su llegada al aeropuerto de Le Bourget, en París, Ramsés fue recibido con una ceremonia oficial, autoridades francesas y egipcias rindieron homenaje al monarca, reconociéndolo como una de las figuras políticas más importantes de la antigüedad.
El viaje no estuvo exento de trámites, el gobierno egipcio tuvo que emitir documentos oficiales para garantizar la protección del faraón, esto debido al alza en el comercio ilegal de momias y objetos del antiguo Egipto durante esos años.
La razón del traslado era grave, la momia presentaba daños visibles, cortes antiguos y un preocupante avance de bacterias y hongos que amenazaban su conservación, Francia ofrecía los laboratorios y la tecnología necesarios para intervenir de inmediato.
Tras meses de estudios y restauración, Ramsés II regresó a Egipto en 1977 con la misma solemnidad con la que partió. Gracias a ese viaje extraordinario, el faraón descansa hoy preservado, como testigo eterno de una historia que aún sigue sorprendiendo al mundo.