Por David Morales/Avance
Un día como hoy hace 267 años, en 1759, el British Museum de Londres recibió por primera vez a visitantes del público general. Su creación partió de la colección privada del médico y naturalista Hans Sloane, adquirida por el Estado británico con la intención de fundar una institución dedicada al conocimiento universal en plena era de la Ilustración.
El nacimiento del museo respondió a un contexto donde Europa buscaba catalogar y explicar el mundo a través de la ciencia, la arqueología y el arte. Desde sus primeros años, el British Museum se concibió como un espacio gratuito y educativo, una idea innovadora que rompía con la exclusividad de las colecciones privadas reservadas a élites académicas.
Con el paso del tiempo, el crecimiento del museo estuvo ligado a la expansión del Imperio británico. Expediciones, conflictos armados y procesos coloniales facilitaron la llegada de miles de piezas provenientes de África, Asia y Medio Oriente, muchas de ellas obtenidas bajo condiciones hoy consideradas saqueo o apropiación forzada del patrimonio cultural.
Entre sus objetos más emblemáticos se encuentra la Piedra de Rosetta, fundamental para descifrar la escritura del Antiguo Egipto, así como los mármoles del Partenón, retirados de Grecia a inicios del siglo XIX. También destacan los bronces de Benín, cuya presencia en Londres ha generado debates internacionales sobre restitución y justicia histórica.
A más de dos siglos y medio de su apertura, el British Museum representa una paradoja cultural. Es al mismo tiempo un centro clave para la investigación y divulgación del pasado humano y un recordatorio de las heridas que dejó el colonialismo. Un día como hoy no solo se recuerda el nacimiento de un museo, sino el inicio de una discusión vigente sobre memoria, poder y patrimonio compartido.
