Por David Morales/Avance
Durante siglos se ha repetido una explicación que busca suavizar una de las frases más contundentes atribuidas a Jesús. La idea sostiene que el “ojo de la aguja” no sería una aguja literal, sino una pequeña puerta en las murallas de Jerusalén por la que los camellos podían pasar solo si se arrodillaban y descargaban su equipaje. La imagen resulta pedagógica. El problema es que carece de respaldo histórico sólido.
El dicho aparece en los evangelios sinópticos, entre ellos el Evangelio según San Mateo, el Evangelio según San Marcos y el Evangelio según San Lucas. El contexto es el diálogo con el joven rico, donde Jesús afirma que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos. El cierre del pasaje subraya la imposibilidad humana y la intervención divina, lo que refuerza el tono extremo de la comparación.
La hipótesis de la pequeña puerta comenzó a difundirse en la Edad Media. Sin embargo, estudios históricos sobre la Jerusalén del siglo I, como los del arqueólogo israelí Dan Bahat, ex director del Museo de la Torre de David, no registran ninguna puerta con ese nombre en las murallas antiguas. Tampoco aparece en las descripciones del historiador judío del siglo I Flavio Josefo, cuyas obras son una de las principales fuentes sobre la ciudad en tiempos de Jesús.
Desde la lingüística bíblica, el consenso también apunta en otra dirección. El léxico griego estándar del Nuevo Testamento, elaborado por Walter Bauer y conocido como Bauer-Danker-Arndt-Gingrich, define “kámelos” inequívocamente como camello. No hay evidencia textual temprana que sustituya el término por “cuerda”. El especialista en crítica textual Bruce Metzger, en sus estudios sobre los manuscritos griegos, no reporta variantes antiguas que respalden la teoría de un error de copia significativo en este pasaje.
La tradición judía refuerza la lectura hiperbólica. En el Talmud babilónico se emplea la imagen de un elefante pasando por el ojo de una aguja para describir lo imposible. Investigaciones publicadas por la Society of Biblical Literature señalan que este tipo de exageraciones eran recursos retóricos comunes en el mundo semítico del siglo I. La intención era provocar impacto y reflexión, no describir maniobras arquitectónicas nocturnas.
Instituciones académicas contemporáneas como la Biblical Archaeology Society han señalado en sus análisis que no existe evidencia arqueológica que confirme la existencia de una puerta denominada “Ojo de la Aguja” en la Jerusalén del Segundo Templo. La explicación de la pequeña puerta aparece más bien como una construcción homilética posterior, útil para la predicación pero débil desde el punto de vista histórico.
La persistencia del mito revela una tensión interpretativa. Convertir la aguja en una puerta estrecha transforma lo imposible en simplemente difícil. Sin embargo, la mayoría de los estudiosos coincide en que el dicho fue una hipérbole deliberada, una imagen extrema destinada a sacudir conciencias frente al apego a la riqueza. La leyenda urbana, atractiva y repetida, no resiste el peso de la evidencia documental ni arqueológica disponible.
