David Morales

No todas las efemérides buscan celebrar, algunas invitan a incomodar. Cada 10 de abril se recuerda el Día del (NO) Silencio, una fecha que surge como respuesta simbólica frente a la indiferencia social ante problemáticas como la violencia, la injusticia o la discriminación.

El planteamiento es directo. Guardar silencio, en ciertos contextos, puede significar complicidad. Por ello, esta jornada promueve la expresión, la denuncia y la participación activa como herramientas para visibilizar situaciones que suelen permanecer ocultas. Organismos como la Organización de las Naciones Unidas han señalado que la libertad de expresión es un derecho fundamental para fortalecer sociedades democráticas.

En México, el tema cobra relevancia en distintos frentes. Desde la violencia de género hasta las desapariciones y la inseguridad, colectivos ciudadanos han recurrido a marchas, pronunciamientos y acciones públicas para exigir justicia. Organizaciones como Amnistía Internacional documentan que la denuncia social ha sido clave para visibilizar violaciones a derechos humanos.

El ámbito digital también se ha convertido en un espacio de expresión. Redes sociales y plataformas digitales han permitido amplificar voces que antes tenían poco alcance, aunque también han abierto debates sobre desinformación y discursos de odio. Este escenario plantea un equilibrio entre el derecho a expresarse y la responsabilidad en el uso de la información.

Especialistas en ciencias sociales advierten que el silencio puede tener distintas dimensiones. En algunos casos responde al miedo, en otros a la falta de información o a la normalización de problemáticas. Romperlo implica no solo hablar, sino también generar condiciones para que las personas puedan hacerlo sin riesgos.

El Día del (NO) Silencio propone una reflexión. No basta con observar, es necesario participar. En contextos donde las problemáticas sociales persisten, la voz colectiva se convierte en una herramienta para exigir cambios y construir espacios más justos.

En una sociedad marcada por contrastes, hablar puede ser el primer paso. Callar, en cambio, puede prolongar aquello que necesita ser transformado.