Por Felipe Hernández/Avance
20 de enero, un día en el que comunidades de todo el mundo recuerdan a San Sebastián, un soldado romano que pasó a la historia por su valentía y su fe. Su figura une dos mundos que parecían opuestos: el del Imperio romano y el del cristianismo perseguido.
Sebastián nació alrededor del año 256 en Narbona, territorio que hoy pertenece a Francia, pero que entonces formaba parte del Imperio romano. Desde joven siguió la carrera militar y destacó por su disciplina, fuerza y astucia. Gracias a estas cualidades, alcanzó un alto cargo como jefe de la cohorte de la guardia imperial, un puesto de gran prestigio y poder dentro del ejército.
Lo que pocos esperaban era que un hombre tan cercano al emperador Diocleciano, conocido por su dura persecución contra los cristianos, abrazara la fe cristiana. La tradición cuenta que Sebastián quedó profundamente impactado por el testimonio de quienes morían invocando a Cristo. Ese contacto con el sufrimiento ajeno habría transformado su manera de ver la vida y lo llevó a buscar lo que consideró la verdad.
Aunque se convirtió en cristiano, Sebastián continuó sirviendo como militar, pero dejó de participar en las ceremonias dedicadas a los dioses romanos. Desde su posición, intentó ayudar en secreto a los cristianos perseguidos, brindando protección y consuelo a los prisioneros. Durante un tiempo logró ocultar su fe, cumpliendo con sus deberes sin levantar sospechas entre sus superiores.
Finalmente, fue denunciado ante el emperador Maximiano por negarse a participar en celebraciones militares de carácter religioso. Se le ofreció el perdón si renunciaba al cristianismo, pero Sebastián rechazó esa opción, como castigo, fue degradado y condenado a morir, una decisión que marcó el inicio de su martirio y lo convertiría en símbolo de fidelidad y resistencia espiritual.
Según la tradición más difundida, fue llevado a un estadio, despojado de sus ropas y atado a un poste. Allí, sus propios subordinados dispararon flechas contra su cuerpo hasta dejarlo gravemente herido. Esta imagen, cargada de dramatismo, inspiró numerosas obras de arte y consolidó su figura como uno de los mártires más reconocidos de la historia cristiana.
San Sebastián murió en el año 288 y su cuerpo habría sido enterrado en las catacumbas de la Vía Apia, en Roma. Con el paso del tiempo, se levantó una basílica en su honor que aún puede visitarse, hoy es patrono de soldados, arqueros y atletas, y se le pide intercesión contra enfermedades, persecuciones y grandes adversidades.
