Patricia González/Desde el Cristal

Decía Octavio Paz que uno de los grandes logros del Estado mexicano había sido el desarrollo y el crecimiento de la clase empresarial y el proletariado urbano, incluida la intelectual; y que sin embargo era paradójico -lo es hasta nuestros días-, que, en esta modernidad, esas clases sigan dependiendo del Estado, pues en ese sentido dejarían de ser modernas.

Lo mismo sucedió con la burocracia, clase o casta que incluso ha tenido más importancia por encima de la burguesía y el proletariado, y a la que atribuía el Nobel mexicano, el crecimiento y el cambio de nuestro país. De la mano del PRI y del gobierno esa “burocracia técnica y política” hoy sigue incrustada dentro del sistema gubernamental en todos sus niveles e impide el cambio, aunque haya un régimen distinto. Generación tras generación se ha enraizado no solo en la vida pública de nuestro país sino hasta en la iniciativa privada. Son una vieja herencia en la que los sindicatos y otras organizaciones aun conservan el poder para imponer sus propios intereses, aunque el beneficio no sea realmente para la gran masa sino para unos cuántos líderes privilegiados que le hallaron el modus vivendi al mero estilo Deschamps o Velázquez.

La burocracia juega el papel político de la oposición a cualquier gobierno democrático, juega al estira y encoge en la inercia que le otorga el número de afiliados que se creen el cuento de haber ganado “derechos” gracias a las luchas sindicales de antaño. Nada tienen que ver esas luchas en la actualidad, pues la conciencia trabajadora que consiguió a base de huelgas y pérdidas humanas lo que hoy son derechos y prestaciones, ha dejado de tener el sentido con que se originaron los grandes movimientos en contra del abuso. La mentalidad de la burocracia hoy es ganar-ganar sin devolverle, ya no al Estado sino a los ciudadanos, un poco de lo que se paga en salarios con los impuestos de todos. 

“Esta burocracia ha sido la palanca de la modernización pero hoy es el principal obstáculo a que se enfrenta el cambio”, decía Paz. Lo peor es que dirigencia burocratizada no pelea por los derechos de sus agremiados; la mayoría de estos tiene una economía paupérrima que recibe a regañadientes. A pesar de ello se mantiene leal a los líderes privilegiados. Y con el engaño o la ilusión de sentirse protegidos hacen que los procesos administrativos se relajen y sean mucho más lentos cuando un gobierno está ávido de buenos resultados. 

Es cierto: la burocracia no es democrática. No le importa el régimen que gobierne pues ella tiene asegurada su prevalencia, los proyectos no le interesan en lo mínimo mientras que se sabe su salario tiene un tabulador que le garantiza un puesto que, aunque le abone poco, le permitirá el beneficio de realizar otros trabajos complementarios ajenos a sus funciones institucionales. Mientras se obtengan los permisos que se requieren para originar otros ingresos adicionales no importa que su funcionalidad se atasque y retrase los procesos que debe llevar a cabo. 

EN LA MIRA

Se sigue viviendo una simulación que no hace más que detener aunque sea un mínimo avance. Se vive en la inercia del “trabajo” diario, en el ir y venir de una burocracia numerosa y que no alcanza los mínimos estándares de productividad. Se desdeña la imaginación creativa y se priorizan los cotos de poder aunque estos sean momentáneos. ¿Fue Octavio Paz quien también dijo que “el pueblo que no tiene imaginación se estanca”?