La abogada y maestra universitaria describe desde su óptica como fue el paso por nuestro Diario

Marychuy Castillo

En las humedas mañanas de Villahermosa, cuando el río y la selva parecían aún custodiar los pasos de un estado que despertaba al vértigo de la modernidad, nació el Diario Avance. Era 1971, y Tabasco abría los ojos al esplendor del oro negro, con la esperanza de un futuro que parecía inagotable. Aquella tierra de lluvias generosas, de campos donde la vida brota sin pedir permiso, se transformaba poco a poco en un punto cardinal del progreso nacional. El Edén, como tradicionalmente se le llama, era un espacio de abundancia: pimienta, cítricos, piñas, sandías, pesca, ganadería, agricultura… todo florecía, como si el cielo mismo hubiera firmado un pacto con la tierra. En medio de ese paisaje fértil y prometedor, nació también una voz: la de un periódico que, desde su nombre, anunciaba su destino —Avance—.

Recuerdo con nitidez mi primera incursión en ese mundo. Fue en las oficinas de Diario Avance donde conocí a Luis Sánchez Arreola, uno de sus excelentes directores, y donde di mis primeros pasos como reportera. Había algo casi sagrado en esa atmósfera: el ruido del teletipo, el olor denso de la tinta fresca, las voces cruzadas en la redacción buscando el título preciso, la frase justa. No era solo un trabajo; era una ceremonia de palabra y papel, de verdad y búsqueda. Cada nota nacía de la calle, del contacto directo con la gente, del pulso de una tierra que hablaba en voz alta y sin miedo.

A lo largo de su historia, Diario Avance ha sido más que un periódico. Es testigo y partícipe de los procesos que dieron forma al Tabasco contemporáneo. 

Desde sus páginas se han tejido relatos políticos, económicos, deportivos y culturales. También se han debatido ideas, confrontado visiones y construido memorias. Su esencia ha sido la pluralidad: albergar plumas nacionales y locales, pero también dar cabida a las voces jóvenes y a los ciudadanos comunes. Porque el periodismo, cuando se ejerce con honestidad, no pertenece a las élites ni a los intereses: pertenece al pueblo que lo inspira.

Mucha tinta ha corrido desde entonces. El oficio se transformó; la tecnología nos empujó hacia otros formatos, otras velocidades. Pero hay algo que no cambia: la necesidad humana de comprender el mundo, de narrarlo, de dejar testimonio. Y ahí, en esa misión casi filosófica de atrapar el instante antes de que el tiempo lo borre, el periodismo sigue siendo una forma de resistencia.

Cuando recuerdo aquellas noches de cierre en la redacción —el sudor, las correcciones, el olor de la tinta pegada a las manos—, pienso que también nosotros imprimíamos una parte de nuestra alma en cada página. Las manos manchadas no eran símbolo de desorden, sino de entrega. Aquel contacto con la tinta era una comunión con el oficio, una forma de decir: “estuve aquí, conté lo que vi, lo que sentí, lo que el mundo fue por un instante”.

Diario Avance ha sabido levantarse incluso ante las adversidades. En una ocasión, tras un asalto a sus instalaciones, el medio reafirmó su compromiso con la libertad de expresión: “seguiremos adelante”. Esa frase resume la esencia de su historia —una historia de persistencia y convicción, de saber que el silencio nunca puede ser una opción cuando hay verdad que contar.

Hoy, más de medio siglo después, Diario Avance conserva su nombre como una promesa: avanzar. Su permanencia no depende solo de la tecnología o de la modernización, sino de la fidelidad a un principio: informar con ética, con sensibilidad, con sentido humano. 

Porque los periódicos no son solo objetos de papel o portales digitales; son, en el fondo, la memoria viva de una comunidad.

Y así, con nostalgia y gratitud, reconozco que junto a Diario Avance he visto transcurrir la historia del periodismo y de mi tierra. Vi cómo el Edén se transformaba, cómo la modernidad llegaba sin pedir permiso, cómo el oficio del reportero se volvía más complejo, pero también más necesario. Vi cómo la verdad, pese a los cambios, seguía siendo el bien más frágil y más valiente.

Quizás ahí radica la lección que este periódico nos deja: la evolución no se mide solo en años o tecnologías, sino en la capacidad de seguir contando lo que somos. De no renunciar a la mirada crítica, al asombro, a la empatía. Por eso, cuando pienso en Diario Avance, pienso también en la vida misma: en esa corriente que nos empuja, que nos exige cambiar sin olvidar, avanzar sin perder el alma.

Y es que el nombre lo dice todo. Porque si algo define a este medio —y al espíritu del periodismo en Tabasco— es precisamente eso: el avance. El movimiento constante, la búsqueda incesante, el latido diario de una historia que aún se sigue escribiendo.