Por Felipe Hernández/Avance
Diciembre siempre llega envuelto en una mezcla de entusiasmo y nostalgia. Es ese mes en el que muchos sienten que “todo se vale”, ya sea, brindar de más, desvelarse, correr de un compromiso a otro y confiar en que el espíritu festivo basta para mantenerlo todo bajo control, como si las celebraciones crearan una especie de escudo invisible que nos protege de cualquier consecuencia. Pero la realidad demuestra lo contrario, justo en el mes donde más celebramos, es cuando más nos arriesgamos.
Autoridades y especialistas coinciden en que durante esta temporada los accidentes aumentan entre un 15% – 20 %. No es casualidad, diciembre es sinónimo de excesos. Y el que más impacto tiene es, sin duda, el consumo de alcohol. En reuniones familiares, posadas, cenas y brindis, beber se vuelve casi automático. Pero cada trago, por más inofensivo que parezca, modifica la percepción del riesgo y debilita el autocontrol. Esa ligera sensación de confianza que te dice: “solo fue un poco», “sí puedo manejar», “no pasa nada”, termina siendo el punto de quiebre en muchos incidentes.
Conducir bajo los efectos del alcohol, sumado al cansancio y la presión por llegar a varios destinos en poco tiempo, convierte las calles y carreteras en escenarios más frágiles de lo usual. Aunque las cifras varían cada año, se sabe que en diciembre los siniestros viales aumentan, y lo más doloroso es que en alrededor del 65% de los casos, las víctimas no viajan en el vehículo que provoca el hecho.
A estos riesgos se añaden otros que pasan desapercibidos. Las prisas, el tráfico intenso, las condiciones climáticas propias de la temporada, como niebla o lluvias y la saturación de carreteras conocidas por su alta siniestralidad hacen que un mínimo descuido tenga un costo mayor. Dentro del hogar, el uso de pirotecnia, instalaciones eléctricas sobrecargadas y actividades simultáneas también elevan la probabilidad de accidentes que, en circunstancias normales, quizá no ocurrirían.
Sin embargo, esta no es una invitación al miedo. Es una oportunidad para hacer una pausa. Para preguntarnos por qué seguimos asociando “celebrar” con exceder límites. Para pensar si realmente necesitamos beber de más o correr de un lugar a otro para sentir que estamos viviendo diciembre “como se debe».
La temporada decembrina no nos pide exceso, nos pide atención. Nos pide cuidado. Nos pide recordar que la celebración también implica responsabilidad con quienes nos acompañan y con quienes simplemente comparten el camino.
Al final, lo valioso de estas fechas no está en cuántos brindis hacemos ni a cuántas fiestas alcanzamos a llegar, sino en que podamos recibir el próximo año completos, tranquilos y, sobre todo, juntos. Porque la verdadera celebración empieza cuando cuidamos lo que realmente importa, nuestra vida y la de quienes nos rodean.