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Por David Morales/Avance

El baloncesto nació como un deporte reglado, casi escolar, pensado para el orden y la disciplina. Sin embargo, a lo largo del siglo XX encontró en el espectáculo una vía inesperada de expansión cultural. En ese cruce entre norma y juego libre aparecen los Harlem Globetrotters, un equipo que no solo transformó la forma de jugar, sino también la manera de mirar el deporte.
Los Globetrotters surgieron en 1926 en Chicago, en un contexto marcado por la segregación racial en Estados Unidos. Aunque su nombre remitía a Harlem, su identidad fue construida para proyectar una imagen afroamericana poderosa en un país que aún negaba espacios a los jugadores negros en las ligas profesionales. Desde el inicio, su sola existencia fue un gesto político disfrazado de entretenimiento.
Durante décadas, sus integrantes demostraron un nivel técnico comparable al de cualquier equipo competitivo. No eran comediantes que jugaban básquetbol, sino basquetbolistas que eligieron la comedia como vehículo. Su dominio del balón, la precisión en el pase y el control del ritmo evidenciaban una comprensión profunda del juego, incluso cuando aparentaban burlarse de él.
El elemento cultural más relevante de los Globetrotters fue su relación con el reglamento. El baloncesto es uno de los deportes con mayor número de normas e interpretaciones arbitrales, necesarias para garantizar el equilibrio competitivo. Frente a esa rigidez, los Globetrotters construyeron un espectáculo basado en la transgresión controlada, exagerando violaciones y conductas que en un partido oficial serían sancionadas.
Esa ruptura no debilitó al deporte, sino que lo fortaleció. Al mostrar qué ocurre cuando las reglas se relajan, el espectáculo subrayó la importancia del reglamento como columna vertebral del juego. El público entendía, incluso sin conocer el libro oficial, por qué el baloncesto necesitaba límites claros para existir como deporte y no solo como destreza individual.
En el plano social, los Globetrotters cumplieron un papel decisivo en la integración cultural del baloncesto. Llevaron el juego a comunidades que nunca habían pisado una arena profesional, viajaron por decenas de países y presentaron el básquetbol como un lenguaje universal. Su humor facilitó el aprendizaje y su carisma eliminó barreras culturales.
También ayudaron a redefinir el concepto de éxito deportivo. En una época dominada por la victoria y la estadística, ellos demostraron que el deporte podía ser narración, identidad y memoria colectiva. No competían por campeonatos, pero ganaban algo más duradero, la atención y el afecto del público.