Patricia González/Desde el Cristal
El asedio contra los países latinoamericanos por parte de Donald Trump, presidente estadounidense, así como las intenciones de agenciarse por la fuerza Groenlandia no es más que una muestra de la desesperación del país que antes era el más poderoso del mundo. No es la muestra de su poderío sino uno de los síntomas de que la situación de los Estados Unidos va de mal en peor. La tensión en Mineápolis aumenta desde que el Departamento de Estado declara que desde el mes de diciembre a la fecha van alrededor de 3 mil arrestos en ese estado de la Unión Americana.
En Arizona las movilizaciones contra las deportaciones de ilegales desencadenan más inconformidad. La actuación de ICE se recrudece incluso contra los mismos ciudadanos estadounidenses, el terror aumenta. El enfrentamiento entre los ciudadanos y los policías es más frecuente y pareciera que lo que más les interesa es tener las cárceles llenas, lo cual es un buen negocio para quienes viven del negocio de las prisiones privadas en aquel país. El presidente Donald Trump ha desatado una guerra civil y quisiera lo mismo para aquellos países que no aceptan ser sumisos a sus mandatos.
Mil 500 efectivos del ejército estadounidense se enviaron a Minnesota después del asesinato de la ciudadana Renee Good para contener las protestas, las campañas son agresivas y las movilizaciones no se detienen. El ejército y la Guardia Nacional solo esperan la orden de ataque de Donald Trump. Es el comandante supremo y el Pentágono acata sus órdenes.
Las amenazas escalan de acuerdo al humor del habitante de la Casa Blanca. El proyecto de “mano dura” del régimen trumpista se recrudece y las críticas en su contra no parecen inmutarlo. Un día amaga con atacar por la vía terrestre a los cárteles de la droga en México y al siguiente anuncia que ocupará el espacio aéreo de nuestro país. La presidenta Claudia Sheinbaum le reitera que el envío de las tropas del ejército estadounidense no está en la agenda y le enfatiza que “habrá colaboración en el marco de nuestra soberanía”, es decir, no se acepta ningún tipo de intervención militar ilegal.
La paradoja se cuenta sola: Quienes venden las armas a las bandas del narcotráfico en México exigen resultados de la lucha contra el crimen. ¿Quiénes son los que no actúan contra el tráfico de drogas hacia aquel país?, ¿quiénes hacen nada para disminuir el consumo de estupefacientes con los que se vuelven millonarios los banqueros que se encargan del blanqueado del dinero ilícito? Se trata de acusar al otro impunemente para justificar el intervencionismo y violar la soberanía de otro país. Así va la escalada. Ayer fue Venezuela, mañana será México, Cuba, Colombia, Groenlandia, Irán o quien sea.
EN LA MIRA
El mundo está de cabeza. El pez más gordo se come al más pequeño y esto no es solamente una imagen retórica. Es la imagen del caos desatada por la voracidad del capitalismo que ha terminado por morderse la propia cola al rebasarse a sí mismo.
No es un nuevo orden mundial lo que tenemos a la vista, es el desorden creado por el imperio que ante su propia decadencia actúa como un desquiciado y no le importa a quién se lleve entre las patas. Y nadie hasta el momento dice que ya es demasiado. “El huevo de la serpiente”, llamó Igmar Bergman al proceso de surgimiento del fascismo con Adolfo Hitler.