Patricia González/desde el Cristal
En cuestiones educativas se puede simular pero no se debe. La educación es una política pública real y es un derecho constitucional que todo individuo que ha nacido o se naturalice en nuestro territorio reciba una educación que le proporcione las herramientas cognitivas para desarrollarse y adaptarse a un ambiente óptimo que le permita integrarse a la sociedad.
Desde el sexenio pasado se priorizó por una educación que fuera más humanista, es decir, que tomara en cuenta a la comunidad y los distintos estratos sociales que la conforman. Una educación que devolviera a la sociedad mexicana un sentido de pertenencia. De ahí la Nueva Escuela Mexicana, que sustituye a la educación individualista en la que sólo importaba un aprendizaje que más parecía una capacitación para convertirse en el empleado más destacado de una empresa y que incentivaba el aspiracionismo a una idealización del éxito merecido por meritocracia.
Esto logró destruir el tejido social por más de tres décadas y no es tan fácil retomar el rumbo correcto. Aún persisten vicios del pasado.
La escuela pública es uno de los legados del movimiento revolucionario del siglo pasado, que, aunque no estuvo al principio contemplado dentro de sus objetivos, se logró insertar en de las prioridades de un nacionalismo que hubiera sido vacío y sin sentido si no se tuviera conciencia de pertenecer a una tierra cuya cultura es profunda y muy valiosa. La conciencia de la comunidad es primordial para que un pueblo se desarrolle y se beneficie sin excluir a nadie.
Lo que ocurre en las aulas de la educación pública no es una apariencia sino una realidad y de eso saben los profesores que están frente a grupos estudiantiles. Sin embargo la educación en nuestro país todavía está imbuida en una inercia donde lo que prevalece es la burocracia y un sindicalismo que ha perdido el rumbo para lo que fue creado: pelear por sus derechos pero sin hacer a un lado la obligación de educar a las nuevas generaciones en un plano reflexivo. Es incómodo decirlo pero si queremos que la educación de nuestro país avance, tendremos que detenernos a analizar verdaderamente en qué se ha hecho y posicionar deveras un sistema educativo que se refleje en el desarrollo cultural de los individuos.
Para ellos es necesario que se fijen realmente cuáles son las responsabilidades docentes y cuáles la de la burocracia que cada vez crea y aumenta deberes administrativos que interfieren con una educación centrada en “productos” y no en procesos cognitivos.
Es decir, a los docentes se les satura de trámites administrativos mientras que los alumnos se habitúan a cumplir sin comprender. Esto no hace más que crear una apariencia de normalidad basada en listas donde lo que se busca es que haya “evidencias” cotejables para dar una buena cara hacia fuera.
EN LA MIRA
Mientras a la educación se le reste el sentido crítico en aras de darle importancia a una “innovación” basada en formatos rígidos, tiempos irreales y criterios de evaluación estandarizados para que los docentes “enseñen” subordinados a lo que se puede archivar o subirse a plataformas digitales o sellarse en un documento impreso, no podrá consolidarse la Nueva Escuela Mexicana. Así no es.